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viernes, 5 de febrero de 2010

Una maravilla de Cacho

Cacho es Luis Carballo. Me enteré el otro día cuando comimos una pizza él, mi hermano Tilín, Tomi -de apenas 8 años- y yo. Fue en la vereda sobre unos cartones que sacó de su casa rodante estacionada en Franklin entre Gavilán y Boyacá, frente a la vieja fábrica de Bonafide. Nunca supe porque le decía Cacho. Él tampoco. Siempre me cayó bien. Cada vez que le preguntaba como andaba, respondía: "Una maravilla". Una noche de verano nos animamos a tratar de conocer un poco de esa maravilla.

Tiene 47. Nació en la que alguna vez fue la ciudad más poblada del mundo: Potosí. En el país más rico en recursos de Latinoamérica y uno de los que más pobreza padece: Bolivia. A los 15 años llegó a Mar del Plata para trabajar en la construcción. En una obra, un compañero le presentó a una amiga que lo siguió hasta octubre del año pasado: la botella de alcohol.

Cacho ríe siempre mostrando sus dientes grisáceos y cerrando los ojos como un oriental. Recuerda los hechos que marcaron su vidad por los cambios en los procesos políticos del país. "Llegué a la Argentina cuando estaban los militares. Todos los días me metían preso por borracho. Me echaban 'ahí' a la noche, me largaban a la mañana y me iba a trabajar. Cuando vino Alfonsín cambiaron la ley y ya no podían meter presa a la gente por tomar. Cuando venía algún policía a ver por qué estaba tirado en la calle, le decía: 'Estoy en pedo, lla!'", comenta concentrado y largando una carcajada al final.

Después de comer la pizza con faina y tomar una siete arriba, jugamos un chin-chón con un mazo de cartas constituido por varios mazos (distantas marcas, colores y tamaños). Tomasito nos ganó otra vez. El principiante de cuarto grado hizo chin-chón jugando de a 4. Algo casi imposible. Luis seguía contándonos de su vida. Luego del "la casa está en orden" se vino a Buenos Aires y conoció a una mujer. Se enamoró, tuvo una hija y "perdió la botella”. En la constructora lo habían ascendido a capataz. Todo parecía irle de maravilla cuando la vida lo golpeó. "En época de Menem mi señora cruzaba Rivadavia con mi hijita de 3 años y en Plaza Flores un colectivo las atropelló. Ahí se me vino todo abajo. Busqué la botella, la encontré y me perdí de todo”, comenta cabisbajo derramando una lágrima. A partir de allí anduvo durmiendo en plazas, baldíos y en cualquier recoveco que lo encontraba ebrio.

A partir de ese día casi no recuerda sus días. Tuvo un compañero con el que compartió cartones, nylons y restos de comida hasta que un día se lo llevo el SAME por un pedo feo que se había agarrado. Terminó internado en un geriátrico y nunca supo más nada de él. Luis el día de su cumpleaños juega unos pesos a la quiniela a la edad que deja. En la época de De La Rúa, la pegó y se compró la casa rodante en la que vive ahora.

Cacho no está solo. Cartucho, Negra y Juanita lo acompañan. Un perro y dos gatas. Cartucho lo sigue a donde vaya y comió una porción de muzza con nosotros. Negra se divirtió jugando con una aceituna y Juanita acechó a una rata atrapada entre la pared de la ex-fábrica y una alambrada que impedía que la agarrase. Es feliz. Se ríe mucho. Ganasé unos mangos lavándole los coches a los oficiales de la 50. Le pagan entre 5 y 10 pesos. Los vecinos le convidan con comida. Dejó el alcohol desde la última vez que lo llevaron al Álvarez y estuvo 10 días con suero y se escapó. La iglesia –dice- que lo ayudó a salir del alcohol. En retribución colobora con el cura juntando limosnas.

Día a día resiste los embates de ese dolor eterno de haber perdido a una familia, regalándole una sonrisa grisácea a quien pasa y lo saluda. Cacho despierta lo más fraterno que hay en uno. Después del aceite en las manos, las cartas engrasadas y las sillas de cartón, empiezo a entender un poco porqué anda de maravilla.

martes, 12 de enero de 2010

Nené

Siempre fue una persona particular. No escatima en sutilidades y escupe verdades tal como Riquelme saliva en un partido. Cuando era chica su madre se la pasaba yendo a la escuela por su mala conducta. Cerca de los noventa años, ahora es a su hija a la que la llaman del geriátrico por sus maneras de decir las cosas.
En la residencia para abuelos de Villa del Parque, la psicóloga trata de “hacerles trabajar la cabeza” a los abuelos. Un día preguntó si sabían palabras que empiecen con la letra p. “Papa, pasta, palo” fueron algunas de las respuestas. Nené no quiso pasar desapercibida: “Pija”. “Muy bien –felicitó la psicóloga-, dijo pizza”. “¡¿Qué pizza?! Dije pija”, le espetó.
La propietaria del geriátrico es una cincuentona que mueve bastante su gran culo al caminar. Nené, casi cotidianamente, le palmeaba la cola.
- ¿Viste que linda cola tengo?- le comentó con orgullo la dueña del culo (y del geriátrico).
- Sí. Y ese culo no se hace con gimnasia...
La dueña se rió con una mezcla de orgullo y vergüenza.
- Cuántas pijas habrán pasado por ahí…

martes, 29 de diciembre de 2009

Profesional

El silbato le funcionaba mal pero seguía soplando. Y tras el silbido, enseguida la arenga de venta: “Hay chuuuurro y bolita”. Justo cuando detenía su mirada en los libros y apuntes de unos estudiantes, un señor pelado de unos sesenta años que lucía la piel bien tostada le pide, casi exigiéndole, “¡1 docena!”.

- ¿Qué leen chicos? Ahh! Rayuela… Cortázar es tan juguetón con las palabras. El libro de los Cronopios me gusta mucho. Mirá, Galeano… un genio. Aparte de “Las venas…” hizo otras cosas excelentes. Cambió mucho su forma de escribir con el tiempo. ¿Y esos apuntes de qué son?.

Le responden que tratan sobre una perspectiva neomarxista de antropología de consumo.

- Es muy bueno que estudien y lean por gusto. Yo me recibí de profesor de Letras. No ejerzo. Vendo churros en plazas y parques, pero el saber no me lo impuso nadie.

Gesto adusto, el pelado se va con su docena a matear sentado en una reposera junto a su mujer. Y el Profesor se aleja sonriente bajo el sol abrasador de la tarde gritando: “Hay Rayueeela y churros marxistaaaaas…”

* foto extraída de aquí: http://anteriores.eldiariocba.com.ar/2003/22%20de%20diciembre%20de%202003/deportes/imagen7

viernes, 18 de diciembre de 2009

Terraza

Nos reíamos mirando las estrellas, estrenando las 70 baldosas rugosas nuevas con nuestras espaldas. El olor ácido del meo y la mierda de los gatos terraceros ya había viajado en bolsa hacia el pavimento de la calle. Deseábamos estar en Iruya en ese mismo instante. Uno, dos, tres aviones pasaron en la misma dirección. “Debe haber una fiesta para aquel lado”, dijo Tilín. Nos quedamos en silencio por un rato y observábamos la nueva fisonomía de la terraza sin cuartitos de guardar porquerías. Está linda. Es amplia.

Tilín – Habría que tirar la pared del vecino y así quedaría una terraza gigante y comunitaria.
Jorge – Sí. Empecemos a menguar, por lo menos, la maldita propiedad privada.
Tilín – Seeee. ¡¡¡Hagamos el contramuro de Berlín!!!
En ese momento apareció el vecino Joaquín con una masa.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Modelo

Parecías una modelo. Te deslizabas sobre las veredas con al mirada siempre alta. Hasta se llegaban a divisar las enciclopedias sobre tu cabeza. Tu porte se llevaba las miradas de todo Floresta. Hubo choques de autos, personas que tropezaron y cayeron, mozos que volcaron los cafés. Todo producto de tu belleza. Los hombres de Segurola se paralizaban a las 11:15 cuando ibas a buscar las galletitas de cereales con gusto a frutilla que te vendía el señor de la herboristería. Las piernas largas, la cintura del tamaño de un anillo, los senos redondos como dos pomelos rosados, el rostro angelical y ese rodete que dejaba desnudo la parte por la que todo el barrio moría: tu cuello. Un par de enfermos hasta se animaron a los trajes de dráculas y compraron colmillos de plástico. Tenías encantado al barrio. Pero un día se corrió la bola de que te ibas. El trabajo de administrativa no iba más contigo. Decían que estabas para más. Así fue como se supo que estudiabas para modelo. Personalmente no sabía que se estudiaba para la belleza. Si ya lo eras. ¿Para qué más? ¡Qué decepción! Porque quien usa la belleza como su única arma y forma de vida… Te va a ir bien. El mercado paga muy bien la superficialidad. Al final no parecías, sos una modelo. Pero… ¿modelo de qué?

viernes, 11 de diciembre de 2009

Carta a más que un perro

Ayer te ví después de muuuuucho tiempo. De lejos, pero te vi. El incondicional 106 se desvió por Arengreen cuando iba para el Centro y ahí estabas: asomando tu cabeza entre la baranda y el concreto de la terraza. Ahí, con tus orejitas paradas, con la mirada inocente. No te das una idea de lo que te extraño. Llegar a la casa, tocar el timbre y escucharte ladrarme como si fuese tu peor enemigo. Abrir la puerta y que te dé celos viéndome abrazar y besar a tu domesticadora. Extraño que me mees los pies al acariciarte y al decirte "esh un boludiiiiiito". Jugar a lo bruto, como somos nosotros y cómo tan natural nos salía, y que tanto le enojaba a esas dos. Extraño el "au-uuu-uu". ¡Qué lindo! Tus peleas con la vieji que tanto me hacían reír. Acariciar tus pelos cortos y suaves, sobre todo el pecho y debajo de tu mandíbula. Podíamos estar horas en ese estado. Fue una mirada fugaz. Duró lo que el interno 36 tardó en cruzar Martín de Gainza. Pero no fue una mirada. Te vi. En esos pocos segundos reviví lo mejor de nuestras épocas. Es una cagada pero la domesticación te supedita a estar bajo la tutela de un ser humano. Y hasta que no haya una revolución anti-principista no nos vamos a poder volver a encontrar. La otra posibilidad es aún, hoy, más utópica. Me encantó verte. Aunque sea de lejos. Si vos sos Tango, yo soy Milonga. Te extraño mucho y te voy a adorar por siempre. En este momento siento una opresión gigante en el pecho y una congoja por no sentir el calor de tu orina sobre mis pies. Si shomos dos boludiiiiiiitos...

Inhumano

El hecho del robo no me importa. Mucho menos la alteración de eso que llaman “orden” o “usurpación del dominio privado”. El quid de la cuestión es que me dejaron sin móvil revolucionario. ¿Acaso en una megápolis una bici no es eso? Mientras todos putean, tocan bocina y se stressan en sus hermosos habitáculos de cuatro ruedas, uno sobre dos pedalea, tararea una canción alegre esquivando puteadas y masas de hierros y chapas. Por lo menos hasta que junte unos pé, no tendré esa posibilidad. Mi playera violeta no está más. La dejé dos horas atadas y al volver de la radio la cadena cortada yacía sobre las baldosas flojas al lado de un sorete de perro. Con el verano golpeando las puertas, voy a tener que volver a elegir entre la fidelidad del 106 y la desfachatez del 181 para regresar de mi casa. No sólo eso, aparte debo soportar el facismo clasista de mi padre y de la mayoría de los “ciudadanos bien” a los que les cuento. Se fue más que una bici. Se fue la bici. Violeta con la pintura salteada, el estén de aluminio nuevo, las gomas anchas, las llantas desalineadas, pedales grandes, el asiento ancho para mi culo jamonero. La verdad que tengo bronca. Con lo que odio el dinero y con las horas que me cuesta ganarme algunos próceres. Espero que el que se la llevó no la haya cambiado por paco. Aún así, es un inhumano, un canalla, no tiene corazón. No me robo un objeto, sino algo casi metafísico. Es como si a un revolucionario le hubiesen llevado el amor, como si a un presidente le dijeran que no existe más su país. No me cortaron las piernas, sólo la cadena.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Oh niña rasta!

Qué locura! Hacía tanto que no sentía algo así. Algo me atrajo. Puede que haya sido el olor a mezcla de desodorante dulce y marihuana, la profundidad de esos ojos rojos café o el escucharte increpando a un policía para que vaya, como mínimo, a la escuela. O tal vez la mezcla de las tres cosas. Quedé mirándote tan pasmado que pensaste que quería de eso que fumabas. Te sorprendiste y hasta soltaste una carcajada cuando te respondí que me pega más la vida y la cotidianeidad. Movías tu cuerpo como una viborita larga y finita que se pasea por mi jardín. Las caderas se encastraban como rastis en mi pelvis y la pollera larga escondía a la perfección tus piernas no tan perfectas que tanto me gustaron aunque al tocarlas se notaba que no te sabés depilar bien. Esas rastas locas y castañas combinaban a tono con los pelos de mi pechio. Jamás hubiese imaginado que tu pasión rasta te llevara a hacerte los dreadlock's en la entrada a Jamaica. Oh niña rasta…! Tan joven, tan flaca, tan rasta. Quizás no te vea más. Tal vez te vuelva a ver en un recital. "La vida es una tómbola". Pero cada día que vuelva abrir la cajita y vea tu rasta castaña entrelazada con la mía, me acordaré de la locura que me hiciste sentir.