viernes, 31 de julio de 2009

Treinta millones ochocientos ochenta y seis mil cuarenta y cinco


Era un viernes a la noche de verano. Más precisamente no me acuerdo que mes, verano era seguro. Era una de esas noches en las que no tenía ganas de salir, pero tampoco de quedarme en casa. Decidí entonces mediante este cuadrado que usted está mirando ahora, y a través del MSN, contactarme con el vecino para compartir una cerveza que tenía en la heladera. Generalmente nos cruzamos por la terraza, pero ese día decidimos salir a la calle. Al fin y al cabo, era una noche de verano, y el verano llama a salir.
Ya eran las 12 y para no molestar a nuestros padres ni a los demás vecinos, fuimos a beber la Brahma a la vuelta de casa, en la puerta de un depósito. Mientras bebíamos hablábamos de los problemas del mundo, de lo alienables que son los trabajos, de pensadores históricos, cine y debatíamos cosas más pequeñas como si el flan se come con crema o con dulce de leche. En eso nos dimos cuenta –nosotros, que vivimos hace mucho en el barrio- que había unos lindos chalets en el que se habían instalado unos nuevos vecinos.
Meta charla, meta charla, la cerveza se evaporó y nos debatíamos entre si caminábamos o no 6 cuadras para ir en busca de una no muy rica Schneider para seguir conversando. Mientras tratábamos de romper esa dicotomía, vimos uno de esos autos azules con luces giratorias en el techo que se acercaba muy lentamente hacia nosotros. Cuando estaba bastante cerca, las luces se intensificaron y apuntaron hacia nosotros, otro auto de esos dobló por la calle pero en sentido contrario. En fin nos encerraron tipo operativo cerrojo.
Nos tuvimos que tapar las caras porque la luz del primer patrullero nos encandilaba. De ese mismo coche, el conductor llevaba algo en la mano. Sí, sí. Era su 9 mm "reglamentaria". Se ve que el hombre tenía ganas de usarla.
Y se produjo la siguiente secuencia:

Yo - Eeeeeh! ¿Qué hacés? ¿Estás loco? ¿Cómo vas a bajar con el arma en la mano?
Policía 1 – Y… yo no te conozco. Yo que sé quien sos.
Yo – ¿Yo? Yo vivo en este barrio hace 15 años. ¿Y vos? ¿A vos quién te conoce? Hablás como si fueras del barrio. ¿Dónde vivís?
Policía 1 – Eso no te importa. A mí me llamaron y vine.
Yo – Te puede haber llamado cualquier pelotudo, pero no podés bajar con el arma en la mano. ¿Te dijeron que hubo un asesinato o un robo a mano armada? ¿Mirá si te escapa un tiro?
Policía 1 – Yo sé lo que hago, no se me va a escapar nada.
Yo – No sería la primera vez ni la última…
Policía 1 – No te hagas el vivo nene porque…
Yo – Proceda no más- le dije interrumpiéndolo.

Mientras el patrullero que llegó de contramano se iba, los del primero hicieron el control correspondiente. Nos revisaron los bolsillos, nos palparon y revisaron alrededor del lugar. Como no teníamos los documentos, nos pidieron los números del DNI para pasarlos a la central y averiguar antecedentes. El policía 2 era el que anotaba. El vecino lo hizo diciendo número por número. Presentía la ignorancia de ellos, sobre todo del policía 1. Y entonces llegó mi turno.

Policía 2 – Decime tu número.
Yo – Treinta millones ochocientos ochenta y seis mil cuarenta y cinco.

El policía 2 anotaba pero, al escuchar el número entero, de la cara del policía 1 se borró su socarrona sonrisa. Miraba hacia otro lado tratando de encontrar algo, hasta que no pudo más.

Policía 1 – ¿Cómo dijiste?
Yo – Treinta millones ochocientos ochenta y seis mil cuarenta y cinco.

Al ver que seguía sin dar con los números, su compañero salió a salvar el honor de la vergüenza de la fuerza represiva.


Policía 2 – Cero cuarenta y cinco- dijo mirándolo con ganas de que se callara.

Luego de que vieran que éramos “inocentes”, nos dejaron ir a nuestras casas. Conjeturamos que llamaron esos nuevos vecinos que se piensan que están en un country. Al llegar a mi casa estaba mi hermanito. Le pedí que trate de escribir en números “treinta millones ochocientos ochenta y seis mil cuarenta y cinco”. Al principio puso 30.886.45, luego se dio cuenta y lo escribió bien (30.886.045). Mi hermanito tiene 8 años, tercer grado

Por lo menos el policía 2 había terminado el primario o, a lo sumo, tercer grado…

viernes, 24 de julio de 2009

Un mundo mejor junto a ella. Ella, mi único héroe en este lío...


- ¿Qué te pasa Adri? ¿Se te ve triste? – me preguntan.
- ¿Se nota mucho?
- Vos sos una persona alegre. Cuando te pasa algo se te nota enseguida. Estás triste.

Es algo que no puedo ocultar. Los topes de tristeza son siempre por los mismos motivos. Primero que no me gusta este momento histórico de la humanidad, al que considero injusto y en el que mucha gente padece el hambre y despojo, y donde muchos trabajan para sobrevivir. Y no es culpa sólo de los políticos, todos lo somos. Esta es una angustia permanente. El otro motivo que siempre me pone triste, aún más que por este mundo de mierda, es cuando ando mal con mi amor. Con ella, con la que crecí y con la que me gustaría envejecer y tener una casita lejos de la locura de la ciudad. Es por ella que ahora estoy muy triste.
Fueron dos factores complementarios los que ayudaron al cambio de mis hábitos y sentimientos: empezar a estudiar y conocerla a ella. Fue la primera vez que me entregué por completo a una mujer, las primeras veces que comencé a descubrir que tenía una vocación, que me gustaba lo que estudiaba, que me gustaba como nos amábamos, las primeras veces que empecé a sentir que podía hacer algo por mí, por alguien y por la sociedad.
¿Y qué hacer? ¿Pensar y militar por un mundo mejor? ¿O adaptarse a esto que me toca vivir? (con todo lo que ello implica) ¿Amar a una mujer por sobre todas las cosas y construir el sueño de una familia? ¿O amarlos como amo ese “mundo mejor” que imagino en mi cabeza y que quiero ayudar a construir? ¡Cómo me cuesta el punto medio! Y ese parece ser el quid de la cuestión para salir aireoso de esta dicotomía.
No parecen cosas que sean irrealizables, pero esta cabeza… La cabeza… La cabeza no para. No para. A veces tengo ganas de arrancármela de tanto que maquina. No tendríamos que tener cabeza, sino sólo corazón. No hay momento estable en esta maldita cabeza en que esos sentimientos tan gratos (el amor a una mujer y la idea de un mundo mejor) no se crucen y entren en conflicto. No porque no sean compatibles, pero siento que cuando le pongo más huevo a una cosa, descuido la otra. Cuando cuido a la persona que más amo, pienso que no le presto demasiada atención a mi visión del mundo.
Por momentos creo que la reproducción es algo natural en el ser humano, y por eso tengo miedo de convertirme en un eslabón más de esta máquina. Pero otras, siento que ante el más mínimo peligro de que termine mi historia de amor con ella, ni el bien del mundo, ni un campeonato de All Boys en Primera, ni el cese del dominio del hombre por hombre podrían aliviar mi tristeza. En fin, es el término medio el que me cuesta.
Hoy por hoy estamos juntos, pero hay cosas que ya no se soportan más. Ella no aguanta que no tengamos un proyecto futuro juntos. Y yo no soporto no poder hacerlo sin que mis ideales lo entorpezcan.
Deberíamos pensar menos y entregarnos más.
Ella ya no sé si puede imaginarse una vida junto a mí. Es una mierda, pero es real. Y es tan noble que no puede ocultármelo. Me pide hasta perdón por decirme la verdad. Y no es que no me ame, eso dice, sino que está en peligro su mayor sueño: el de una familia que nunca tuvo. Hija única su madre, hija única ella, su padre, un burgués que no sabe lo que es el amor, la abandonó a los 5 y volvió hacerlo hace unos meses después de que ella lo encontrase. Su madre la crió sola y le dio los medios para que ella hoy sea médica. Le dio los medios pero no mucho cariño y afecto, según ella. Hay veces que no sé de donde saca tanto amor, con tanta falta padecida del mismo. ¡Cómo no entenderla! Es un ideal justo. Está signado por su historia.
También es mi sueño el de una familia junto a ella. Hasta tenemos los nombres para nuestros hijos: Alué, Candela, Nahuel fueron algunos de los que imaginamos. Yo tampoco tuve una familia, a pesar de tener juntos a mis padres por mucho tiempo. Es mi sueño, pero uno de los tantos, no el único. Y eso la asusta, y a mí también. Tantas veces intenté tratar de hacerle entender que el hecho de pensar ser feliz con una familia (sólo eso y nada más que eso), y no en pensar en la felicidad de un mundo más justo, me parece ir en contra de mis ideales. Dice que soy muy militante. Puede ser. Me enojan mucho las injusticias, las propias y ajenas. Siempre voy a luchar contra eso. Pero también quiero tener mi familia con ella, darle a nuestros hijos lo que no nos dieron nuestros padres.
Por otra partte, tantas veces he puesto en peligro (aunque siempre en pareja las cosas se hacen “de a dos”) esta relación, que me siento una basura por todas las cagadas que me mandé. Ella me genera el egoísmo más hermoso: quiero que el poyo sea mía shola y hacerle mucho el am, am, am. Por momentos, deseo que ella monopolice todo mi amor, y yo el de ella, claro. Insisto, el amor no tendría que tener fronteras pero a veces, con ella, quiero sentirme un imperialista.
El amor que siento por ella, a veces también me parece poco. No porque no sea genuino, sino porque no sé si es el amor que puede hacerla feliz a ella. Y eso me hace sentir poca cosa. Yo creo que sí, es la mujer que más amo, con la que quiero formar una familia, con la que quiero cambiar el mundo… Pero no sé si ella soporta que yo quiera amarla como me gustaría amar a todo el mundo. Sería tan largo de explicar pero, en síntesis, mi visión del mundo ha cambiado gracias a ella, para mejor desde una perspectiva humanitaria, no sé si para mejor respecto para ella. Me incentivó para que estudie, para que deje de boludear, para que confíe, para ir al Norte. Ese viaje… Ese viaje fue un “click” en esta cabeza que amo y detesto. Creo que festejó los primeros cambios que realicé de su mano, pero detesta las transformaciones posteriores que me convirtieron en éste al que le cuesta adaptarse a este momento histórico.
Así como es un amor, también tiene sus cosas, como todos. También tenemos profesiones muy distinta. Ella es médica, re humanitaria; yo periodista y futuro licenciado en Ciencias de la Comunicación, quiero hacer de ello algo humanitario. Ella estudió una carrera reconocida económicamente por el mercado. De periodista es difícil encontrar, no está bien pago y, cuando conseguís, no siempre se puede decir todo lo que uno piensa, ya que son empresas. Y como empresas defienden intereses. Me da una bronca que pensar y desear un mundo mejor no sea redituable. No soy machista, pero que ella pueda ganar buen dinero y yo no, me genera un poco de miedo y celos. Temo no estar a su altura. No soy machista, pero es un pensamiento de tal calaña. No lo puedo evitar. Estoy muy contento por su éxito, deprimido por lo mío.
Nos amamos. Yo a ella. Ella a mí. Pero parece no ser suficiente. Parece, nada más. Yo creo en el amor, en el amor a la humanidad, en el amor que siento por ella. Pero tantos desgastes, peleas, desencuentros y demás, hoy están poniendo en riesgo nuestro futuro juntos. Y eso me pone terriblemente triste. Por desgracia, creo que no voy a ver caer al régimen kapitalista, pero considero que puedo hacer algo para intentar cambiar los valores de la gente, para que eso suceda en un futuro y la humanidad pueda vivir realmente en paz.
Veremos qué sucederá. Qué construiré para mi futuro, cómo me influirán las personas que amo y admiro, cómo logro entender a los que no piensan igual, cómo encuentro mi lugar en este sistema y, sobre todo, cómo concilio mis mayores deseos sin que uno sea en desmedro del otro: ayudar en la construcción de un mundo mejor y construir una familia con su amor y el mío. Para que desde chiquitos les enseñemos a nuestros poyitos, y a los que podamos también, otra clase de valores.
No quiero quedarme sin su amor y no quiero dejar a mi amor sin ella. Con tanta pobreza en estómagos y en las cabezas de tanta gente, y al verme imposibilitado de que esto cambie en el corto plazo, en este mundo terrible y voraz sentirme a su lado me hace sentir mucho mejor. Seguir juntos depende, en principio, de nosotros, del tiempo y de paciencia. Tiempo y paciencia me cuestan, pero tendré que armarme de ellos, esperar y actuar si quiero cristalizar este deseo de construir un mundo mejor, obviamente, junto a ella. Sin ella no sería posible. Es mi único héroe en este lío.

domingo, 19 de julio de 2009

Volver a Purmamarca. Diario de viaje


Coche lujo. Ejecutivo, según Flecha Pus. Directo a San Salvador de Jujuy. Eran las 11:30 y, a pesar de no haber dormido en toda la noche y de encontrarme recostado sobre lo más cómodo en que se había apoyado mi espalda en los últimos diez días, no pegué un ojo. Tampoco dormí. Pasaron una película yanki en la que una elección presidencial se decide con el voto de una persona, por lo cual los candidatos hacen miles de cosas para convencerlo, hay mentiras, moralidades, y demás condimentos y pelotudeces donde y cuando, como siempre, termina ganando “la democracia”. En fin, una basura hipócrita protagonizada por Kevin Cosner.
Ruta arriba, es notorio cuando se pasa de Salta a Jujuy. Esta vez no por el estado de la ruta sino porque las construcciones precarias comienzan a verse en cuantía y los rasgos aborígenes más “puros” de sus habitantes también. Predominan los collas y Aimaras, los mismos de Bolivia y Perú. Hace mucho eran una sola patria, ahora se ven divididos por fronteras diplomáticas impuestas por los Estados protectores del orden capitalista. Son hermanos divididos por banderas y nacionalidades inexistentes.
Hay gente que dice que esta es la zona más pobre del país. Puede ser que los números macroeconómicos así lo reflejen, pero al llegar a la capital jujeña se pueden ver grandes construcciones que nada tienen que ver con esa pobreza que nos venden por TV a la mayoría de los porteños. Casas, edificios, y grandes comercios se divisan. Como en todos lados, hay buena vida y prosperidad para unos pocos. Los extremos son siempre opuestos, pero acá no están tan alejados como en otras partes. Al igual que sería extraño ver una Ferrari, igualmente de excepcional sería ver a niños aspirando tolueno, algo cotidiano en Buenos Aires. Aún así se reflejan de otra manera: un gordo veinteañero con chiva candado bien de garca maneja una 4 x 4, mientras una abuelita originaria carga bajo su espalda un costal el doble de grande que ella.
En la Terminal de ómnibus, la calle aledaña estaba cortada por una protesta del sindicato de taxistas, dos hombres se abrazaban para no caerse producto del pedo terrible que tenían, mientras que un adolescente le arrebataba la riñonera a una joven mochilera. En la jefatura de la Terminal a la chica le respondieron que los días de semana a la tarde, los uniformados de las fuerzas represivas jujeñas son sólo 4. Uno había ido al baño, otro dormía la siesta, uno estaba en la jefatura y del otro no se tenían rastros. “Por un lado mejor –dijo la chica- Capaz que si lo descubren, éstos le pegan un tiro…”
30 minutos pasaron del arribo que enseguida nos subimos al micro que nos llevaba a Purmamarca. Kaeme a kaeme (km a km) avanzábamos por la ruta y cuando pasamos por Volcán, un cartel nos indicaba que estábamos en “el postigo de la Quebrada”. Luego de pasar por otros pueblos llegamos, por fin, al de los 7 colores.
“¡La puta madre!” fueron las palabras que salieron pacíficamente de mi boca al bajar del micro. Dos años después de estar allí por 1ª vez, me volvía a sorprender. Purmamarca es un pueblo rodeado por montañas hacia todos sus puntos cardinales. Mires hacia donde mires, siempre se interpondrá un cerro. Nos instalamos en un camping a pocos metros del cerro. Acostumbrados que en casa al abrir una ventana vemos edificios y siempre la mano del hombre, levantarse, abrir la carpa y ver algo tan natural y bello era una sensación única.
A rasgos generales, los jujeños son más reservados que los demás norteños. La mayoría, hablan lo justo y necesario con el turista, pocas veces una sonrisa, aunque mucho respeto y nunca intranquilos a pesar de que haya muchos turistas que piensen que los lugareños están sólo y nada más que para atenderlos. Ante el nerviosismo, indiferencia. Así le responden a los alterados. Es común escuchar: “Cuando se van ustedes, esto es mucho más lindo y tranquilo”. Aunque haya muchos que les duele escuchar esto, cómo no entenderlos. En un pueblo de no más de quince manzanas, ver tanta gente ir y venir, gente demandante que deja góndolas de pequeños almacenes semivacías y, sobre todo, que alteran su ritmo de vida. “Es como que en el verano la locura de la ciudad viene para acá”, dice uno de los puesteros de la feria artesanal instalada alrededor de la plaza. En invierno, dice, que los gringos no son tantos, causan menos revuelo y dejan más dinero.
Al rato de escucharlo se acercaron unos chicos de Pacheco vestidos de marca y zapas de 500 pé. En tono confidencial y con aires de victoria y satisfacción uno de ellos se acerca y me muestra: “Mirá lo que nos afanamos de los puestos… Trajimos de todo…”. No sabía si escupirlo, putearlo o darle un tucumano. Tan sólo atiné a mirarlo fijo a los ojos subiendo las cejas, arrollando mi labio superior acompañándolo con un movimiento ascendente-descendente de cabeza. Se alejó. Yo me quedé, pero la paz que me genaraba el lugar se había contaminado de bronca, vergüenza y desazón.
Para volver a mi paz decidí alejarme un poco aglutinamiento. Crucé la ruta y un río que ya no lo es, en el que hay miles de rocas de colores y por donde pasa el gasoducto de Atacama, y subí un cerro que hay frente al pueblo, al que llaman “mirador”. Pude estar tranquilo y en paz como pocas veces. Es más, sentí que esas hormigas que siempre deambulan por mis glúteos se habían encontrado otra cosa mejor para inquietar.
Al atardecer merendábamos unas pizzas en el camping, cuando tres chicos de 5, 7 y 9 años irrumpieron trepando la pared que daba a la calle del camping. Pidieron pizza. Le convidamos una de las últimas porciones que nos quedaban. El del medio no alcanzó a darle un mordisco y se le calló a la tierra. “¿Querés un biscocho?” le ofrecimos. “Yo quería pizza” respondió señalando la porción que con tierra y ganas era devorada por un perro. Carillo le regaló a uno un colgante. A partir de ahí se multiplicaron los pedidos: reloj, mp3, celular, la pelota de fútbol. Al pregúntale los nombres el más chico me escupió en la cara.


Unca rubia
Unca se les dice a las lombrices en el Norte. Unca rubia llamaban a un hombre con el que me topé una tarde en la puerta de un almacén. Tenía unos 60, aunque podrían ser unos cuarenta y turbios pico. Vestía una campera y pantalón bien gastados de jeans, camisa rota y zapatos de cuero con un hilo improvisando de cordón. Fue uno de los pocos que sentí hablar y saludar por su iniciativa propia. Yo bebía una cerveza fría, intenté convidarle y no aceptó. “Solo tomo 96”, se justificó. Le comenté que no conocía esa bebida y seguimos charlando como si nada.
Raúl Abel Cruz era su nombre verdadero. Nadie lo conocía por su nombre. Me mostró la cédula. En Purmamarca sólo vivía durante el verano. Su casa y familia estaban en las afueras de Tilcara, con ellos vivía los 9 meses restantes. Como obrero (una gran parte del proletariado norteño trabaja de eso) conoció todas las provincias, a excepción de Misiones y Corrientes. Es capataz. Vive “arriba” dice mientras señala una casa solitaria sobre las laderas de un cerro. Baja a “acá” para ver “ésto”, dice mientras su rostro se desvía y se clava sobre el cuerpo de una rubia coqueta que desfilaba tipo Punta del Este.
No está trabajando Unca. Lo hace entre 45 y 60 días seguidos y, después, entre 8 y 10 se los toma. Y se los toma de verdad. Pero eso sí, siempre 96, nunca otra cosa. “Mostrame el escabio ese Unca! No lo conozco” le increpé. Se rió. 1, 2, 3, 4. 4 eran los dientes habían sobrevivido en su boca. Echó a un niño del pueblo al que también lo mataba la curiosidad y, formando un rincón entre la pared y su campera, sacó una botella de alcohol etílico. Ése era el misterioso 96. 96º. 96 grados de alcohol, de alcohol de quemar. “¿Y cómo justifica cuando tiene que volver al trabajo y no puede por la borrachera?” pregunto. “Llamo y digo que tomé el camino equivocado”, responde.

Los lugareños, en general, siguen siendo los mismos que hace unos años. La fisonomía del lugar y los que lo visitamos, no.
Al pueblo, de mayoría de casas de adobe y barro que eran, lo han invadido las hosterías con construcciones coloniales, las antenas de Direct TV. En poco menos de dos años, el kapital vestido de “mejoras para el turismo” lo ha modificado. Purma ya tiene hasta una especie de country, todas casitas iguales con sus jardincitos. Un bonaerense que vive aquí hace años, me dice que es para que los que viven en country puedan sentirse ‘como en casa’.
Los turistas que vistan el pueblo del cerro de los 7 colores, por ende, también cambiaron. Las 4 x 4 y los coches importados que se ven son bastantes, señoras rubias teñidas con anteojos negros bien grandes y labios tipo chorizo se pasean hablando en idioma glamstar. Hasta los mochileros cambiaron. Los artesanos y músicos ya no se juntan masivamente y copan la plaza para mostrar su arte. Esa demostración empezaba a la tarde y terminaba a la madrugada, la gente no se compungía ante la presencia policial e integraba a los locales; hoy no quedan ni los restos de eso.
Acá, el progreso (como lo llaman muchos a esta clase de cambios) se puede mirar, ver y sentirmás fácil: son sólo 15 manzanas entre cerros, pegado al de los siete colores. Colores que nadie pudo especificar qué 7 son. Pero que se parecen a los de la Wipala: bandera de la resistencia indígena. Resistencia que puede reflejarse con la imagen de una casa solitaria a sólo dos cuadras de la plaza hecha de chapas y madera. Algunos necios la llamarían con tinte racista "villera". Más allá de la belleza natural, lo impactante y tranquilo, esto también es Purma.

domingo, 28 de junio de 2009

Maxi: nunca te olvidaremos


Uno siempre asocia la muerte con la vejez. “Es parte de la vida”, dicen unos. “A todos nos llega”, dicen otros. Estas dos visiones de la muerte tienen algo de cierto, pero qué difícil se hace aceptar o comprender estas premisas cuando a uno lo tocan de cerca. ¡Qué difícil se hace pensar que un pibe que pateó y gastó la suela de sus zapatillas con uno en el barrio, ya no va a estar más! ¡Qué difícil será no verte más Maxi!
Siempre pensé y me atemoricé por la muerte. Sobre todo por la de los queridos, no tanto por la propia. Cuando empecé a parar en la Plaza Velez Sarsfield me preguntaba quién sería el primero en irse. No lo deseaba, pero en un lugar donde nos juntábamos tantos grupos de tantas personas, no era raro que pudiese ocurrir en algún momento una desgracia o tragedia. Y esta llegó en el mes de junio al barrio. Hace tres años, el narigón Kabak se salvó luego de estar diez días internado producto de una puñalada en un pulmón recibida en una pelea. Hace dos, también nos salvamos de que Cacha se nos vaya. Un accidente con la moto lo dejó casi medio año en un hospital. Esta vez la tragedia golpeó. No fue producto de la acción de terceros, sino de un virus. ¿Gripe A, B, porcina? Y0a no importa. Maxi se fue. Es el primero del barrio al que me toca decirle “Hasta siempre!”.
Aunque hace unos años que no paro más en la plaza, nunca me voy a olvidar de Maxi. No quiero ser hipócrita, como muchos, en decir que era “un amigo”. No lo fue. Pero puedo asegurar que fue un buen pibe, pensante y muy buena onda.
31 años. Una compañera de la vida. Dos hijos, uno de cuatro y otro de meses, que lo lloran. ¡Qué mierda! Pensar que hay tantos barriletes en el barrio que hacen de todo para encontrar a la parca, y justo te pasó esto a vos, que eras un flaco sano, trabajador y no buscabas quilombos gratis. (Aunque cuando te enojabas… pobre de aquel infeliz que se atreviese…). ¡Qué lástima que te fuiste!
Era boxeador. Según decían, se desempeñaba bien arriba del rin. En el pavimento también. En los casi diez días que estuvo internado -dicen los que lo vieron- que peleó como nunca antes lo habían visto. No pudo ganar. El 8 de junio a la madrugada lo noqueó ese maldito virus. Peleó como un campeón! Los que lo despidieron, vieron paz en su rostro luego de que se declarase su K.O.
El día del velorio te despidió el barrio. Esa noche el silencio copó la plaza. Nos juntamos 22.30 para salir a la casa de velatorios. Whiskey, birra, porro, merca y demás giraban para aliviar las penas. Vos ya los conocés a los pibes… ¿no Maxi? No te enojarías. A las 23.30 llegamos a Falcón y Homero. Pensar que esas 130 personas que estábamos ahí, tantas veces nos habíamos juntado para ir a la cancha y gritábamos desaforados por el blanco. Y ahora estábamos todos bajo un escalofriante silencio y llorándote. Fueron pocos los que entraron a verte. La mayoría nos quedamos en la calle apabullados por tu partida.
¡Qué sensación rara esa de la muerte! No creo en el paraíso o en la vida después del deceso, pero no puedo entender eso de que un cuerpo pueda yacer sin vida. ¿Será que tenemos alma o algo así? No lo sé, pero eso de ver a un cuerpo sin vida, me resultaba ingrato e incomprensible. Maxi no era ese que yacía sobre un ataúd. Maxi “Morrison”, “el Bonji” era alegría, era saludar con un abrazo, siempre estar con una sonrisa, hablar en forma segmentaba. Era un loco, un excelente narrador de anécdotas. Era de All Boys, de Floresta. Era del barrio.
- “¡¡¡Gracias por todo Maxi!!!”- le diría si pudiera.
- “Ehhh… Negrito… ‘Gracia’ hacen los monos...”- respondería.

Maxi: nunca te olvidaremos.

domingo, 7 de junio de 2009

Rock y literatura: buenos consejos que arruinan

Muchas veces se pone al rock y a la literatura como expresiones antogónicas del uso de los recursos de la lengua. Muchas veces esta interpretación puede ser correcta y en algunas, pocas por cierto, no. La conjunción de una parte de la canción “El monstruo que crece” del grupo de rock La Renga con el microcuento de Isidoro Blaisten “Más vale pájaro en mano que cien volando” pueden dar cuenta de esto. Ambas letras refieren a un mismo tema y, la primera parte de la canción continuada por el microrrelato, reflejan una situación irónica de las situaciones a las que están expuestas algunos seres humanos bajo este sistema. A continuación la primera parte de la canción (entre paréntesis) y luego el microrrelato “entre comillas”. (El miedo apuesta jugando oscuro. La jaula nueva con vos va a probar. Detrás de la ignorancia que mata, un buen consejo te puede arruinar.): “Mas vale pájaro en mano que cien volando. Eso le enseñaron. Lo mamó desde la cuna. Lo oyó desde sus primeros pininos. Se hizo carne en él. Entonces dejó volar a los noventa y nueve pájaros y apretó fuerte, bien fuerte, el que tenía en la mano. El pájaro murió asfixiado.” "Más vale pájaro en mano que cien volando", uno de los llamados “buenos consejos” que puede arruinar.

lunes, 1 de junio de 2009

"La ciudad" Salta capital. Diario de viaje


La baba formó un hilo entre la comisura de mi labio izquierdo y el buzo que hacía de almohada. Habíamos llegado a Salta, a la capital de Salta.
Hace 2 años, la última vez que había estado allí, no llegué a estar ni 4 horas en ese lugar. Aquella vez había llegado un día laboral y después de tragar humo de los colectivos, transpirar como no lo había hecho en todo el viaje, y de haber llegado hacía dos horas, salí a la ruta a “hacer dedo” para Jujuy. Esta vez pensaba darle una oportunidad de unas horas más a Salta capital, junto con mis compañeros de viaje nos quedamos unas horas más.
Eran las 2330 cuando arribamos a la Terminal, y no pensábamos armar la carpa. La idea era que después de que yo “tirase CVs” en un par de diarios al día siguiente, partiríamos a Purmamarca. Con la noche pegándonos cachetadas, teníamos dos opciones, o ir a un hostel y pagar $45, o “seguir de gira”. Nico y el Ruso se fueron al hostel. Barny, Tilín, Carillo y yo, decidimos por la opción 2. Como mucho pensábamos dormir un rato en la Terminal.
Al dueño del hostel en el que se hospedaron mis amigos “no le iba mal”, según sus palabras. Tener 5 hostel en una ciudad capitalina, vestir camisa Armani y que tu hijo se pasee en un Mercedes Benz está muuuuuuy lejos de “no irle mal”. No muy lejos (ahora sí) de donde este señor apocaba su condición, un hombre dormía en un recoveco de la calle abrazado a su fiel compañero cartón. ¿Cómo dirá él que le irá?
Son los síntomas típicos y característicos de una ciudad: unos lloran por no tener más y otros padecen en silencio sus carencias.
Volver a una ciudad cuando uno viene visitando pueblos es todo un golpe. En las urbes la gente no levanta la cabeza buscando el saludo, es más, cuando la gran mayoría te mira, con el peso de su mirada te hacen sentir visitante enseguidita nomás. “Porteños culo-rotos”, nos saludan desde un coche. Un grupo de adolescentes me cargan por la cachucha que cubre mi cabeza y me comparan con el Chavo del 8.
Algo que realmente sorprende en Salta es la gran presencia de las fuerzas represivas del Estado. Un agente de calle de Gendarmería custodiaba la puerta del bingo de la peatonal, dos policías vestidos de traje militar azul nos siguieron hasta que frenamos en una casa de comida, otros dos policías, vestidos con uniforme tradicional, bajaron de una camioneta y se llevan su paquetito de la casa de comida rápida.
Nos sentamos en una plaza a descansar y a comer algo. Luego la digerimos jocosamente. Un monumento en el medio reivindicaba y saludaba al presidente de la época Julio A. Roca. Al frente de la plaza el hotel más lujoso de la ciudad, el Alejandro Magno I, se impone. En el otro frente la unidad de la policía local también, no de la manera que lo hace el hotel, pero se impone.
Con la risa dibujada, caminamos por la calle Balcarce hacia las dos cuadras de los barcitos y boliches. Entramos a un bar en el que sonaba rock Chicas lindas -locales la mayoría- bien vestidas, “chicos fachas” –locales la mayoría- bien vestidos también. Nosotros, visitantes y mal vestidos –la mayoría-. Mucho rock and roll pero poca onda. Aburridos y mirándonos las caras de sueño y cansancio decidimos ir a otro lado.
En el interior del bar “El Cairo” tres mocosas de bellas facciones bailaban arriba de la barra. Entramos. Había joda, estaba divertido adentro. El alcohol, el jolgorio y las risas estaban presentes. Una persona que había visto una sola vez en mi vida hacía 3 años me saludó. Nos reencontramos. Eramos dos perfectos desconocidos que nos abrazábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Una sola noche habíamos charlado y ahí estábamos abrazándonos con Eliana. Esas locuras que provoca el Norte.
Barny se ganó a una de las chicas que movían el culo arriba de la barra. La besó, la arrinconó y, por momentos, parecía que se la iba a comer como un caníbal. Ella y sus 2 amigas eran de barrio Norte, “de la cole”. Una morena de rasgos indios también quería besar los labios de mi amigo rubio de ojos claros. Y así lo hizo. “Mi amiga es una diosa, ¿cómo te vas a tranzar a esa boliviana?”, le reclamó una de las amigas de la primera en besar a Barny. Era una pobre pendeja caprichosa, nena de papi con plata, racista y superficial que sólo puede ver con los ojos. Este también era un típico síntoma urbano, pero esta vez era el de un porteño que cruza la Gral. Paz y se cree superior.
“¡Porteña sos, mereces morir!”, se despachó un salteño contra nuestra compa Carillo. Era un borracho salteño que no había entablado conversación profunda con ella, pero es probable que haya conversado con una tarada racista como la anterior y piense que todos los que nacimos en CBA somos iguales. Un pelotudo, pero bueno, los hay en todos lados.
Después de una divertida noche, volvimos caminando las 25 cuadras que había hasta la Terminal. Era lunes por la mañana, día laboral. En las primeras horas de la mañana parecía que los únicos que madrugaban eran los policías. Caminando, en moto, en coche, en bondi y hasta en bici pasaban. Todos vestidos de azules. Todos nos miraban fijo a los ojos. Todos (todos) los que vimos eran bien (bien) morochos, en comparación con el promedio de la población.
Fue una de esas noches que no queríamos que se termine. Cuatro mochileros caminábamos por el centro de una ciudad -muy lejos de la nuestra- contentos y jocosos producto de unas cuantas copas puestas.
Los segundos que madrugaron para trabajar fueron los barredores de calle y los barrenderos de las tres plazas por las que pasamos. Estos últimos barrían los pasillos con hojas de palmeras o algo así. Fue también uno de estos el que intentó correr a un perro de la plaza, y el cuadrúpedo de 30 cm. de altura en busca de contención se vino con nosotros.
Cuadra a cuadra se nos sumaba otro perro. Al cabo de unos minutos los había de todos los colores, tamaños y edades. “Falta uno y son los once de Atlanta” decía Barny con intención de molestar al Ruso que estaba destrozando la cama del hostel. Barny, el que más incentivado estaba, era el que separaba a los perros que se peleaban, el que castigaba al que no obedecía… el padre, podríamos decir. El entraba a una panadería y los perros tras él, él entraba a un supermercado y la jauría también tras él.
El reloj marcaba las 7.30 cuando arribamos con pleno sol a la Terminal de ómnibus. “¡Qué familia numerosa son!”, se burlaba y reía un hombre moreno con una pelota de coca que sobresalía en su maxilar izquierdo. Un muchacho joven de zapatos, pantalón azul y camisa blanca de mangas cortas se acercó hacia nosotros. “Acá no se puede entrar con perros”, dijo con tono sobrador. Como él sabía muy bien que no eran nuestros, le seguimos la corriente. “Pero son mis perros, me siguieron, los domestiqué…”, respondí con tono pedante. La situación era la siguiente: nosotros cuatros semi-ebrios tirados en el piso con nuestras mochilas, tres latas vacías de Quilmes yaciendo a nuestro lado, una bolsa de biscochos y diez perros callejeros durmiendo alrededor de todo esto.
A las patadas los echó. Con dos bastaron para que todos huyeran corriendo. Por como me miraba estoy seguro de que tenía muchas ganas de dármelas a mi. No hubo otra agresión porque un tercero le gritó: “¡Pará animal!”. Así fue que los perros se fueron y el animal (el de camisa) desapareció.
Le di la oportunidad a Salta de brindarle unas horas más, pero es una ciudad… con toda esa locura que ella implica.

lunes, 11 de mayo de 2009

Cafayate, Salta. Diario de viaje.


A pesar de que hay carteles que señalizan cuando el cruce del límite provincial de Tucumán a Salta por la ruta 40, uno podría darse cuenta por el estado de la ruta. Tras cruzar el cartel que nos despedía de Tucumán y de una ruta bastante lisa, el ruido de la camioneta demostraba el pésimo estado del pavimento: baches, pozos, mal pavimentada y muy mala señalización, así y todo llegamos a la ciudad norteña del vino. Varios kilómetros antes de llegar a Cafayate, entre la ruta y los valles calchaquíes predominaban los viñedos. Etchart, Lavaque, Vasija Secreta eran algunos de los nombres que se encontraban sobre los alambrados que cercaban las propiedades privadas de los campos tucumanos. Cafayate es un pueblo turístico. Al llegar, los campings estaban atestados de gente. En este lugar se intentaba no mezclar a los mochileros con los turistas que, supuestamente, gastaban más dinero: los viajeros a la entrada del pueblo, a más de diez cuadras del centro de donde se instalaba el clásico turista de hotel. Los precios se diferenciaban de igual manera: muy caros en el centro, más baratos y mejor servidos en los lugares más alejados. La plaza del centro era lo más lindo que tenía el lugar. Alrededor, las casas eran mayoritariamente construcciones coloniales, algunas de la época colonial, otras eran la expresión del kapital que llega para cambiarle la fachada a la pequeña ciudad construyendo propiedades con estilo colonial. Muchos comercios y hogares han sido demolidos y reconstruidos sólo para eso, para querer hacer colonial a Cafayate. No hay que quitarle mérito, es muy lindo, pero varias personas han sido corridas por no poder hacerse cargo de los costos de estas remodelaciones. Era disposición del gobierno local que las cosas se hicieran así. De una manera similar se manejaba el reparto de tierras provinciales. El camping en que nos instalamos era propiedad del líder burócrata del sindicato de empleados municipales de la ciudad. La persona que me contaba esto también parecía ser propiedad de éste: era el único empleado que tenía el camping para limpiar baños, asistir a las más de cien personas que acampábamos, cortar leña y ponerla en la caldera y cuidar las instalaciones, entre otras actividades que se le presentaban coyunturalmente. Todo esto lo hacía entre las 7 de la mañana y las 12 de la noche. Todo el año era así. “Algunas noches hago trabajos de albañilería en mi casa”, decía el cincuentón, vestido con ropa vieja, la mirada gacha y tomando un fernet puro y caliente. No le alcanzaba el dinero para pagarle a otra persona que hiciera ese trabajo y, aparte, esa era su vocación, obrero. Defendía a muerte a su “patroncito”. Había recorrido el país trabajando como obrero de la construcción y en Cafayate había encontrado un trabajo con sueldo fijo para vivir (o sobrevivir). Contaba que una vez cuando fue a Ushuaia como peón llovió dos días seguidos, no pudo trabajar y, por ende, no cobró y tuvo que comer pidiendo limosna en la calle. No sé si es por querer parecerse al líder de la CGT, pero el líder sindicalista local de los municipales, como tantos otros, se le asimilaba bastante: gordo, canoso, pelo medio corto, campera de cuerina, y éste particularmente llegó en una moto chopera que valían unos cuantos miles de pesos. Ni bien estacionó su moto y escuchó que hablábamos de política y de trabajo, lo mandó a limpiar y me miró desafiante a los ojos. La persona que llevaba las riendas del camping (no el empresario sindicalista) agarró la escoba, dejó la media empanada que le habíamos convidado y se fue a cumplir. “Ordenes son órdenes”, dijo. Como desde hace varios centenares de años en lo que hoy llaman “el interior”, el caudillismo sigue firme y fuerte. Mucho más cuando en el interior la mayoría de los asalariados son empleados estatales. No hay demasiado para decir sobre Cfayate desde la perspectiva de un mochilero que busca aventura. De lo mejor que ocurre en este lugar es que te venden vino hasta en los puestos callejeros, y muy bueno. Hay un par de bolichones, las peñas estaban semi-vacías, en todos lados cobraban entrada y se podía sentir la mirada despectiva de algunos lugareños burgueses que se paseaban en sus coches importados.
Cafayate apunta a convertirse en una ciudad turística y se aleja cada día más de lo que es un pueblo con ganas de recibir a buscadores. Partiendo hacia Salta capital, los primeros 47 kilómetros de la ruta provincial nº 68 son para dejar libre la fantasía. Es lo que llaman La quebrada de las conchas. Se llama así porque se han encontrado muchas conchillas de mar, escamas y restos de plantas marítimas de cuando hace millones de años esta zona estuvo bajo el mar. Piedras gigantes que permanecen al costado del paisaje han ido erosionando de tal manera que los salteños las han asociado con diferentes objetos. Los Colorados son unas montañas bien rojas veteadas como si hubiesen sido rayadas por un rayador gigante, tienen forma puntiaguda. Los Castillos son un conjunto de torres de diversas tonalidades de marrón y rojo con unos huecos en sus paredes que hacen pensar que son las ventanas. Desde lejos parecen castillos, al acercarse se desvanece esa ilusión medieval. Más adelante se pueden ver (con mucha imaginación) una imitación del Obelisco porteño; las Cazas de los loros, unos cerros con muchos agujeros donde viven las aves; El Fraile, una roca con los brazos cruzados; El Sapo, otra mezcla extraña de roca, tierra y arena desgastada por el agua y el viento; y las Tres Cruces, hechas por el hombre y que son reminiscencia de tres sacerdotes que murieron en época colonial. Lo más lindo antes de alejarse definitivamente de la quebrada para seguir viaje a la capital salteña es el Anfiteatro y la Garganta del Diablo. El Anfiteatro es un corte sobre el cerro, angosto como un pasaje, que le da una acústica peculiar al sonido de cualquier instrumento. En la entrada se apostaban vendedores de salamines y quesos caseros junto con un grupo de artesanos y llegando al anfiteatro propiamente dicho un trío folclórico tocaba unas zambas y unas chacareras mientras la gente se tiraba sobre las rocas a disfrutar de la paz del lugar. Este trío vendía sus CDs o los cambiaban, desesperados, por un poco de marihuana. La Garganta es increíble. Hay que trepar unas pequeñas piedras para avanzar hasta llegar. Es un embudo gigante de color rojo que hace recordar a la garganta de algún documental que muestran en el colegio sobre el cuerpo humano.
Es el fin de la quebrada y el camino sin fisuras hacia la capital provincial.

domingo, 5 de abril de 2009

La historia de la resitencia de los Indios Quilmes. Diario de viaje, Tucumán.


Con una resaca interesante partimos hacia "Los Quilmes". La camioneta nos tuvo que esperar más de media hora hasta que terminásemos de empacar las cosas. Hacía dos años había visitado ese lugar sagrado pero por cuenta propia. Esta vez nos habíamos propuesto pagar un dinero más y ser guiados por un descendiente de originarios. Este se llamaba Sebastián.
Lo primero que hizo fue agradecernos por querer saber "la otra historia. La historia de los derrotados, de los colonizados que hoy todavía padecen el despojo y la humillación.
Los Valles Calchaquíes siempre fueron habitados por los indios de etnia diaguita, los calchaquíes. Había y hay, dentro de los diaguitas, distintas tribus: amaichas, tafíes, quilmes, cafayates, angastacos, Ceclantá, Andalguala, entre otros.

La Historia
Quilmes fue el último pueblo en vencer por la corona española. El último bastión defensivo.

Los datos más antiguos de la existencia del hombre en estos valles datan desde hace 9.000 años. Eran poblados nómades que se dedicaban a la caza y a la pesca. Paulatinamente empezaron a asentarse, a producir alimentos, a domesticar animales, a fabricar herramientas y, por ende, a desarrollarse culturalmente. El período temprano (500 AC al 650 dC.) incluye las culturas Ciénaga, Tafí, Condorhuasi y Candelaria. En el período Medio (650 al 800) encontramos la cultura Aguada que alcanzó una de las mayores expresiones culturales del noroeste argentino. Por último esta el período de la Cultura Santa María en la cual hay un gran desarrollo social, cultural y donde se tejió una red comercial en el año 1200 donde se comunicaban entre pueblos del pacífico, la selva, la puna y los valles mediante carabineros de llama.
El Inca entró en 1480 incorporando esta región al Collasullo (el imperio de las cuatro regiones) que se extendió desde Ecuador hasta Mendoza. Fueron 50 años de lucha contra el Inca el cual terminó imponiendo muchas de sus costumbres, una de ellas el idioma quechua. Por eso hay muchos que piensan que cuando llegó el español lo veían como un salvador.
La cultura diaguita estaba en pleno desarrollo cuando, en 1534, comienzan a llegar los primeros españoles que habían doblegado a los incas del Perú. Los diaguitas cultivaban alimentos mediante el trabajo comunitario, construían represas, canales, y un sistema de terrazas que permitía aumentar el rendimiento del suelo, trabajaban muy bien la cerámica, el hueso, la piedra, el tejido y los metales.

La lucha contra el español
Es en 1536, cuando Diego de Almagro viene bajando desde el norte, donde comienza la organización fuerte para una resistencia con el conocimiento de lo que estaba sucediendo en las hoy Bolivia y Perú.
La resistencia de la tribu de “Los Quilmes” tuvo tres líderes que se destacaron por organizar las revueltas más importantes. Estos fueron el cacique Calchaquí que a finales del 1500 logró unir muchos pueblos de Tucumán, Salta y Catamarca, armando "La Confederación" para resistir a los españoles. Al morir aparece Chelemín, el segundo cacique que lleva adelante el segundo levantamiento entre 1630 y 1637 uniendo en sus filas 200.000 lanzas. Es el que comandó los levantamientos más duros. Lo descuartizaron y colgaron sus miembros en la entrada de cada pueblo como señal de escarmiento. Los españoles no podían someter completamente a los pueblos, ya que estos se reorganizaban una y otra vez para continuar al lucha. El último cacique de los levantamientos es Iquín, al que lo hayan reducido de guerreros y el que tuvo que enfrentar la dolorosa decisión de rendirse. Lograron aislarlo cortando el acceso a los campos de cultivos, a los bosques de caza y recolección. Mujeres y niños fueron los primeros en bajar, y mediante las torturas que les propiciaban a las mujeres, Iquin decidió descender y pactar la rendición.
Así empiezó el desterramiento: llevando a la gente que quedó como esclava hacia distintos puntos del país. En la historia oficial se habla sólo del traslado a Buenos Aires. Se llevaron gente a la zona minera de lo que hoy es Bolivia, hubo traslados al sur, a La Rioja, Catamarca, Córdoba y Santa Fe, y el más grande después de Bs. As. fue en la zona de la tribu de los acaleanos, lo que hoy se llama Fuerte Quemado en Catamarca.

El desterramiento
Los Quilmes abandonaron el valle a fines de 1665. Tras meses de sitio fueron llevados primero a Tucumán, luego a Córdoba y finalmente en Buenos Aires adonde llegaron en noviembre de 1666. Fueron ubicados en la “Reducción de la Exaltación de la Santa Cruz de los Quilmes”. 2000 originarios partieron a caminar esos 1500 kms, muchos se suicidaron y muchos murieron, llegaron aproximadamente 750. En el sur de Bs. As. fueron obligados a trabajos mitayos periódicos al servicio de Buenos Aires. El cambio de hábitat, seguido de los maltratos y varias epidemias llevó a un descenso significativo de la población a mediados del siglo XVIII. Los archivos españoles datan de un documento que comenta la decisión de los quilmes de no reproducirse.
En 1812 la Iglesia, que calificó de “indios ociosos y miserables” a los Quilmes que fundaron con su llegaba lo que hoy es el partido bonaerense, pidió que se declare su extinción y se reparta la tierra entre españoles y algunos criollos. El Triunvirato dictó un decreto declarando libre a toda clase de personas del pueblo Quilmes, extinguiendo la jurisdicción indígena, sólo respetándoles los terrenos que ocupaban. Hasta la fecha no se han encontrado en la actual Quilmes personas que se reconozcan descendientes de los que fueron llevados por la fuerza hasta allí en 1666.

La entrega de tierrras por parte de la corona española
La historia oficial que cuenta que los Quilmes desaparecieron es mentira.
Hubo un grupo que logró huir por los Andes hacia el Atlántico, y son los que deciden volver cincuenta años después del desterramiento. La corona española les devuelve una porción de tierra mediante un documento -junto con otro en Costa Rica- único en Latinoamércica: la cédula real de 1716.

No fue una obra de caridad, mucho menos “de bien”: el motivo principal fue la falta de mano de obra en un valle rico, fértil y también ante el temor a una nueva insurrección indígena en los Valles Calchaquíes. La entrega se hizo con dos condiciones: permitir que pasteen las mulas y ovejas del gobernador y del ejército, y convertirse a la religión católica. Lo hicieron pero nunca dejaron de venerar a escondidas todos los 1º de agosto a la Madre Tierra.
El estado no tiene decisión sobre esas tierras y sobre sus recursos naturales. Las mismas se mantienen bajo la tutela de un cacique y con un consejo de ancianos, elegidos por los nativos y la comunidad. Hay un representante en Amaicha que es un delegado comunal, una especie de intendente que administra los servicios públicos.
En el tiempo mucha parte de esa tierra ha sido usurpada y robada por terratenientes y la clase política. Lo que hoy es Tolombón, cerca de Cafayate, eran tierras comunitarias de los originarios, y hoy la mayoría es del ex gobernador salteño Romero; parte de Santa María (Catamarca) también eran tierras comunitarias y ahora son fiscales. La mayor extensión es la que quedó en Tucumán. En total se les entregaron 120.000 hectáreas y hoy les quedan 52.000 que son, por supuesto, su orgullo.

La reconstrucción del Pucará y la privatización del mismo
Los saqueos y la expropiación no se terminaron luego de la entrega de la cédula real y continuaron durante años por parte de la corona primero y luego del naciente estado argentino fundado sobre la base de un genocidio, la negación de la pre-existencia originaria y la expropiación de sus territorios.
Pero en los últimos años de historia más reciente sucedieron cosas propias de indignación.
En 1977 hubo un manoseo de las tumbas por parte del gobierno militar. Bussi declaró al Pucará de los Quilmes “patrimonio provincial" e inició la reconstrucción de un sector del sitio arqueológico, que es lo que hoy visitan los turistas. Es apenas un 15% de lo que era el Pucará, tadavía queda un 85% en estado natural. No hubo en esta reconstrucción un trabajo técnico ni una consulta arqueológica seria. Se contrataron a 50 personas del pueblo de Quilmes, que eran los que sabían armar las pircas (paredes), piedra sobre piedra. A pala y pico destruyeron información valiosísima y construyeron “una ruinas bonitas para la foto…”
Igual, según las palabras de Sebastián, lo peor vino en los 90. En 1992, durante la gobernación provincial de “Palito” Ortega y con la política de privatización que implementó el Estado Nacional, se le concedió a Héctor Eduardo Cruz la explotación turística del Pucará. Sin tener respeto por los muertos construyó un complejo turístico con hotel, pileta, shopping, artesanías, confitería sobre uno de los cementerios indígenas. 110 pesos mensuales era el pago por la conseción; ninguna cuota pagó el señor Cruz.
Esta conseción regía hasta el 2002. En noviembre de 2007, y luego de años de pedir que desaloje el patricio histórico, decidieron hacer un reclamo de fuerza cortando la ruta 40. Protesta que duró hasta enero cuando reocuparon el sitio arqueológico y reabriron la parte cultural. Hoy en día, la provincia lo promociona como que está mal hecho, que es un lugar usurpado y peligroso.

La ciudad sagrada de Los Quilmes
La entrada vale $5, igual que antes. Todo lo que aportan los visitantes va a la comunidad en salud, educación y transporte del agua.
La ciudad sagrada de los Quilmes estaba dividida en dos partes: “La ciudad de la paz”, que era la zona productiva donde vivían cuando no había invasiones; y “el Pucará” (fortaleza) donde sólo vivían en momento de guerra. El Pucará es lo que se conoce como “las Ruinas de los Quilmes”, ese 15% del mismo que se construyó bajo el último gobierno militar y que hoy se visita.
Al subir se puede comprender el por que de haber sostenido 130 años de resistencia armada frente a los españoles. Desde lo que serían los puestos de control militar se ve la entrada a Cafayate y la entrada a Santa María; así se puede entender como con piedras en punta de flecha, cuchillo, lanza, hondas, la boleadoras de piedra, madera y huesos y algo de metalurgia se defendieron por tanto tiempo contra la pólvora del español. Las invasiones no los tomaban por sorpresa, sino que sabían con muchos días de anticipación como para subir comida, agua, mujeres y niños.
Los calchaquíes no eran pueblos expansionistas como el Inca, y defendían este lugar que tenía grandes recursos. Esta gente le decía que “no” a lo que pasa hoy con otras empresas multinacionales que quieren llevárselo todo: le decían “no” al Inca y “no” al español.
Estar en lo más alto del Pucará hoy es subir para tener una vista panorámica linda, antes era una tragedia: significaba que se viene la guerra, la muerte.

La tierra es de todos
“Esta tierra es patrimonio de ustedes”, dice Sebastián mientras abre los brazos y concreta la idea "Tierra comunitaria: mientras uno la trabaje es de uno..."
El derecho comunero se lo adquiere a la mayoría de edad. Es un espacio de tierra en la comunidad que tiene que solicitarlo al consejo de ancianos y al cacique, y cuando se lo entregan tiene la obligación de trabajarlo si lo desea conservar. El derecho de comunero se adquiere también en matrimonio, por eso originarios o no, argentinos o de otros países tienen derecho a la tierra y se los incorpora rápidamente a la comunidad. Siempre que se respeten los valores ancestrales que se transmiten. Los hermanos mapuches de Chile o algunos collas y aymaras del Norte son muy cerrados, no todos los originarios son tan abiertos a la comunidad.

El actual pueblo de Quilmes en Tucumán
Luego de terminar la recorrida por la tierra sagrada de los Quilmes nos fuimos al pueblo de Quilmes. El pueblo actual de Quilmes no tiene un centro urbano como Amaicha, son casas en el medio del monte donde viven unas 60 familias, muy distantes unas de las otras a la vera de un pequeño río. La gente de la comunidad hace una economía de autosuficiencia: son pastores, agricultores, artesanos y, por supuesto, trabajadores. Fuimos a la casa de Simón, un artesano que trabaja todo a mano.
Simón tenía la cara muy deforme: ojos bizcos, nariz larga y chanfleada, boca torcida y la piel reseca. Su casa era toda de adobe y era muy grande. La mayoría de sus artesanías eran de cerámica negra y tenía cosas muy baratas. Contaba que muchos artesanos acopiaban su trabajo y lo comercializaban a precios altísimos en Tucumán y Tafí. En esta época lo que le daba de comer eran las artesanías, pero hay inviernos en que tiene que ir al campo a trabajar de sol a luna.
Le agradecimos a Simón por habernos abierto las puertas de su casa y nos fuimos a Cafayate con la pregunta de cual será la próxima lucha de los Quilmes. Por lo pronto nos ibamos pensando en ese poquito de agua que corre para darle de beber a esas 60 familias mientras el Estado hizo un pozo y bombeó agua para llenar esa pileta en el Pucará. Agua todavía tienen… por lo menos hasta que no paren esas minas a cielo abierto, que saca más de 100 millones de litros de agua por días para transportar el oro y el cobre hacia Tucumán y Santiago, que después es llevado a Rosario o a Buenos Aires, y de ahí a Canadá y a EE. UU., mientras aquí solo dejan la contaminación ambiental, a la fauna autóctona cayéndose los pelos generando una gran alteración del ecosistema, y el cáncer que se agarran los pobladores del agua que toman.
No se sabe cuál será su próxima lucha, lo que se sabe con seguridad es que resistirán y lucharán; su historia lo demuestra...
* (Los datos históricos fueron extraídos del libro "Los Quilmes contamos nuestra historia" y de algunas entrevistas a los pobladores de Amaicha.)

jueves, 26 de marzo de 2009

Encuentro con mi hermano en Amaicha del Valle, Tucumán. Diario de viaje.


Los diarios locales comunicaban y hacían informes editorializados sobre los accidentes que se sucedían en los últimos días en el camino del Infiernillo. "El Infiernillo" son esos 50 km. que van desde Tafí hasta Amaicha del Valle, esos que nos disponíamos a recorrer para encontrarnos con mi hermano justo un día antes del de su cumpleaños.Con esa sensación de miedo sumado a unos oportunos chistes trágicos a cuestas, nos subimos al micro. Y otra vez: curva, contracurva, curvonazo, subida, bajada; y a esto agregarle: ripio, pedregullo, ninguna señal, más altura y nubes que tapaban la visión. Bastante sencionalista el viaje (por no decir que me subieron los nuevos a la garganta un par de veces). A pesar de todas estas cosas que no estamos acostumbrados las personas de las grandes ciudades, enteritos llegamos a Amaicha.Justamente este viaje había sido pergeñado con Agos, mi novia, y Nico, un amigo y compañero de viaje, a espalda de mi hermano para caerle de sorpresa y darle un abrazo el 15 de enero, día en que nació. Justamente en Amaicha, uno de los lugares más maravillosos del noroeste argentino sería nuestro encuentro. Encuentro que corrió peligro de antelarse a lo ideado dos veces: una cuando al arribar a la plataforma nº 20 de la terminal de Tucumán llegando desde Buenos Aires Martín, mi hermano, y unos amigos, Barny y el Ruso, estaban la nº 60 yéndose a Tafí; y otra vez cuando nosotros llegamos a El Mollar y ellos partían hacia Amaicha.Al llegar al camping "Los Cardoncitos" nos fundimos en un abrazo con Martín que no sé cuanto duró pero me hizo muy feliz. Estaba chino y con un fernet en la mano derecha. Se disponía a ir al dique y a una cascada que, como dicen los nativos, "queda ahicito nomás…" Entre risa y risa, y con la alegría de estar nuevamente junto a mi hermano de viaje y con mucha gente querida, nos fuimos hasta las cascadas, nos dimos un chapuzón y nos volvimos al pueblo. ¡Qué lindo el pueblo y la gente de Amaicha! Ese pueblo no concentrado alrededor de la plaza San Martín con ese cartel que anuncia 360 días de sol y donde todos se saludan entre sí. Ese pueblo donde se organizaba la 60 edición de la Pachamama y el ritmo eléctrico de la ciudad se vuelve cansino y parsimonioso. Así es Amaicha, uno de los pocos lugares del mundo donde la tierra no la compra el dinero, sino que se reparte entre los nativos y los que deseen vivir allí y trabajen la tierra. Esa es una particularidad que hace mucho al lugar, y que tiene que ver con la resistencia de los indios Quilmes.Luego de una tarde llena de emociones, los propietarios del camping agasajaron al cumpleañero con un chivito recién matado que cocinaron en un horno de barro. Hasta que a las dos de la madrugada del 15 comimos ya nos habíamos tomado un fernet y medio. La otra media botella se perdió entre la cena, y a eso se le sumaron dos damajuanas de patero que trajeron unos cordobeses buena onda. Eramos entre 20 y 30 personas embriagados disfrutando de la tranquilidad y calidez de Amaicha.En la madrugada se sucedieron cantos populares hasta que un músico y una cantante agarraron la posta y nos deleitaron junto a un percusionista con un mini concierto de bossa nova. A todo esto el vino seguía girando y la vergüenza se escondía: la gente saltaba, gritaba, bailaba y golpeaba el piso de tierra de ataques de risa. Fue una verdadera fiesta de cumpleaños bien lejos de nuestra casa.Con un dolor grande cabeza y sin la certeza de saber cómo había llegado hasta adentro de la carpa, me desperté a las 9:30. 10:30 salíamos hacia la tierra sagrada de los Indios Quilmes, último bastión en ser derrotado por el imperio español cuando colonizó y arrasó con los originarios de estas tierras hace más de 500 años. Intenté despertar varias veces a Nico; ni respuesta. Después de gritar y golpear la carpa insoportablemente, atinó a decir: “Adri: vomité” Al correr el comedor de su carpa dos masas de bolo alimenticio color violeta patero yacían, una sobre la tierra y otra sobre un nylon.Llegamos enteritos a Amaicha del Valle, pero no nos fuimos tan enteros: antes de llegar a las ofensivamente llamadas “ruinas de Quilmes”, vimos las ruinas de Nico.

jueves, 26 de febrero de 2009

El Mollar, Tucumán. Diario de viaje.


Después de una hora de ruta empezaba la parte de subir a los cerros. El micro que nos llevaba no era de lo más moderno pero el chofer, se notaba, conocía muy bien el camino. Era curva, contra curva, bajada, subida, curva en subida, contracurva en bajada, giro en “U”, y al conductor no se le mosqueaban ni las pestañas; en cambio mi novia dejaba marcado su nerviosismo en mi antebrazo en forma de uñas.
Así comenzó el viaje desde San Miguel de Tucumán a El Mollar por la ruta 307, la “Quebrada de Tafí del Valle”. Al rato de haber salido comenzó a caer una lluviecita que mojaba el asfalto. Precipicio siempre a la izquierda, el camino era una viborita larga y finita (como nos cantaban en el jardín) que, a diferencia de la canción, se paseaba por toda la quebrada. La lluviecita se intensificaba mientras de fondo una voz comentaba: “Con esta lluvia vamos a estar patinando por un cerro”. “Mientras se mantenga el rating y sigamos así espero que no tengamos que cambiar a ‘rodando por un cerro’”, pensaba.
Ninguna de las profecías tinelescas se cumplieron.
Fueron unos 50 km de curvas cerradas, caminos angostos y crucecitas y flores que recordaban a las víctimas que alguna vez habían rodado por el barranco de la quebrada sin poder contar lo que se siente.
A pesar de la sinuosidad de la 307, el paisaje era imponente al anochecer: todo el camino era por la plena montaña tapada de árboles tupidos. Tan tupidos que las nubes grises no podían apoyarse sobre el cerro y posaban su volatilidad sobre la copa de los árboles. Pensar que cuántas veces pasamos haciendo 4 ó 5 horas de una ruta plana y viendo siempre el mismo verde del lado derecho e izquierdo para terminar todos amontonados en una playa...
Una olla. Así se podría definir al lugar al que arribamos. Las paredes de acero inoxidable hacían de cerros alfombrados de pasto rodeando al dique La Angostura. En una de las llanuras entre el dique y los cerros se encuentraba El Mollar, un pueblo de 3500 habitantes. Frente suyo, del otro lado del dique, se instala el famoso Tafí del Valle, podría decirse “el Pinamar” de los valles tucumanos. Cuatriciclos montados por mocosos que vienen y van, 4 x 4, autos que cotizan en $s pueden verse en todo el lugar en el que una gran parte indígena vive en las ínfimas laderas a mitad del cerro.
Por las noches, la Quebrada de Tafí se oscurece y recién cuando empieza a salir la luna a medianoche pueden divisarse las nubes grises de algodón que se recuestan sobre su falda.
Muy tranquilo es El Mollar, la mayoría de los turistas que se encontraban en la primera quincena de enero de 2009 eran de lugares del interior, tucumanos y santiagueños en su mayoría; por suerte había poco porteño “fanfa”. La mayoría de los mochileros porteños actuales prefieren visitar el Cariló tucumano. Atravesado por la R307, y centralizado alrededor de la típica plaza de pueblo, es un hermoso lugar con gente cálida.
Pero por más cálido y bello que pueda ser estar alejado de “la civilización capitalina”, esto no quiere decir que no escape al sistema actual. Aquí, el Estado “de bienestar” tampoco llegó: un cartel del Ministerio de Planificación anuncia la construcción de una escuela en el plazo de 12 meses, empezada el mes 11 de 2007. ¨Lo único que puede observarse tras él son unas paredes sin techo y, dentro de estas, unos yuyos tan altos como las paredes.
Al irnos de El Mollar hacia Amaicha del Valle el Estado “de bienestar” también seguía ausente. Se le agregaba un pavimento en muy mal estado a la curva, contra curva, bajada, subida, curva en subida, contracurva en bajada…

lunes, 12 de enero de 2009

La masacre israelí y la confusión en homologar una religión con un Estado genocida


De lo mucho que sucede hoy en Gaza poco se puede saber con claridad, salvo por las breves comunicaciones que algunos periodistas pueden tener con algún palestino que vive en esa escasa tirita de ocho kilómetros por cuarenta y cinco, donde viven más de un millón y medio de personas.
Los medios de Argentina han tratado la agresión israelí de una forma bastante liviana y analizándolo sólo como un hecho coyuntural. Olvidan -con o sin intención- otras cuestiones que van más allá de romper con una dicotomía entre palestinos e israelíes, o musulmanes y judíos. Para intentar comprender un poco este conflicto es necesario hacer un análisis histórico sobre los cimientos de la creación del Estado de Israel, y ningún medio da cuenta de eso.
Las coberturas de los diarios argentinos fueron bastante pacatas, a excepción de algunas cosas publicadas por el matutino Página 12. Ninguno de los diarios dijo que el estado de Israel amplió las fronteras propuestas por el plan de partición de la ONU en 1947 luego de las guerras de 1948 y 1967, y que desde aquellos años ocupa territorios ilegalmente bajo la democracia burguesa reinante. Todos los diarios llaman al ataque aéreo, naval y terrestre GUERRA. ¿Acaso lo es? Hamás y la población de Gaza apenas cuentan con vetustos fusiles y misiles de fabricación casera de poco alcance y escasa precisión, mientras que Israel posee la última tecnología en misiles, tanques. ¿A una lucha tan desigual puede llamársela GUERRA?
Al segundo día del ataque aéreo israelí, en el diario Clarín las notas que acompañaron la crónica fueron una entrevista a un experto en “contraterrorismo” que se titulaba “Hamás tiene una red de apoyo desarrollada en Latinoamérica”, y una columna de opinión de un ex canciller israelí. Nunca se le olvida a su corresponsal en Tel Aviv poner en la cabeza y en la bajada de las notas que los ataques empezaron para terminar con los lanzamientos de misiles sobre las localidades del sur del estado hebreo. Jamás se le ha ocurrido escribir a este señor el porqué de esos ataques.
En el año de 1947 la ONU decidió partir a Palestina (que antes ya había sido invadida por el Imperio otomano y luego de la 1ªGM quedó bajo mandato británico). No se la dividió en 2 para crear dos estados, sino en 3: Gaza, Israel y Cisjordania. O sea que la misma partición contemplaba un solo estado con continuidad territorial (Israel), y dos territorios bajo una misma bandera pero bien separados uno del otro. Hay que decir dos cosas sobre esto: que no fue una separación pacífica sino desde fines de siglo XIX la inmigración judía hacia Palestina fue pensada como una colonización armada en las cuales grupos sionistas exterminaron a pueblos enteros; y por otro lado que han pasado casi 62 años de aquella partición de la ONU y sigue sin haber un Estado palestino.
Un estado que se creó y se pobló de inmigrantes, y en consecuencia trajo el despojo y la sangre de miles de nativos descendientes de filisteos, no puede más que mantener su posición sino es con la misma lógica de su nacimiento: la colonización y la guerra. Basta con leer algún libro de Noam Chomsky o simplemente las crónicas de Rodolfo Walsh para dar cuenta de ello.
Luego de la guerra de los 6 días de 1967 miles de asentamientos fueron instalados en Gaza. Esas colonias fueron desmontadas por Ariel Sharon en 2005 en forma unilateral. Este no fue un gesto de buena voluntad del premier hebreo de turno, sino un plan bien estratégico para sitiar a la población palestina y dejarla librada a la plena sumisión israelí: desde aquel año se han levantado dantescos muros alrededor de toda la Franja transformándola –como han dicho varios analistas- en “una cárcel a cielo abierto”. Y no solo eso: Israel controla los pasos fronterizos, les suministra la electricidad, el gas, el agua y hasta la ayuda humanitaria que corta cuando quiere. No conforme con todos estos métodos de control y abuso, el ejército, la marina y la aviación israelí atacan cuando se les antoja sin ningún temor a represalias internacionales, ya que Israel por más de estar en Oriente, es el enclave militar de Occidente en la región.
Por otra parte, aún no teniendo un estado propio, una vez hubo elecciones en territorios palestinos. Fue en enero de 2006 y los veedores internacionales las calificaron “transparentes”. Ganó Hamás (que a pesar de toda coerción, “no reconoce al estado de Israel”) por amplia mayoría. La reacción hebrea, obviamente apoyada por EE. UU., fue la de no reconocer al ganador de las elecciones que ellos mismos habían alentado e imponer un bloqueo total a la Franja, el cual todavía hoy se mantiene. Los dirigentes occidentales pensaban que su aliado palestino Al-Fatah, el tradicional partido de Yasser Arafat, las ganaría fácilmente. No fue así, ya que ese partido se fue desprestigiando ante el pueblo palestino por innumerables hechos de corrupción.
Israel y las potencias occidentales sólo negocian cuando pueden imponer sus condiciones, y sino las pueden imponer por vía diplomática lo hacen –una vez más- por el medio de las armas. Cuando nació la Organización para la Liberación de Palestina no la quisieron reconocer como representante del pueblo palestino, la combatieron. No pudieron eliminarla, y de ahí se desprendió Al Fatah, con el cual negociaron. Al no haber verdaderos réditos para el pueblo palestino, surgió una organización islámica (Hamás) con la cual no quieren negociar porque no acepta las imposiciones israelíes y, más aún, las combate con su escaso poder de fuego. No quisieron negociar con la OLP y surgió Hamás. Ahora no quieren negociar con Hamás, ¿surgirá algo aún más radical en contra de Israel? No lo sabemos, pero prefieren negociar con Mahmud Abbas, que no ha condenado vehemente los ataques contra su pueblo sólo porque mantiene irreconciliables diferencias con Hamás e Israel puede llenar sus bolsillos.
Más allá de todo esto, ¿se puede justificar el lanzamiento de misiles a la población civil del sur de Israel? Han muerto veinte israelíes en los últimos 10 años y es una cifra horrible, pero hay que tener en cuenta que se aproximadamente cada 2000 misiles lanzados muere una persona, y que, la aviación israelí el día de la ofensiva lanzó 40 misiles y en sólo cuatro minutos eliminó a más de 200 personas. Cualquier muerte es horrible, morir por el impacto de un misil lo sería mucho más, pero la muerte por hambre o por no tener medicamentos básicos es imperdonable. La tolerancia tiene un límite, y tampoco en Gaza merecen tener una muerte silenciosa el 60 por ciento pobre de esa población, donde la desocupación ronda el 80 y donde chicos y ancianos mueren de hambre por no recibir un medicamento básico. En Gaza se mueren aunque no se lancen ataques. Es por eso la respuesta con lanzamientos de misiles: durante seis meses Hamás respetó la tregua y el bloqueo a Gaza siguió de igual manera. Los métodos pueden ser condenables, pero como decía Rodolfo Walsh “nos quieren cambiar el cómo por el porqué”. No se inmolan o tiran misiles porque un día se les ocurrió, tienen motivos para hacerlo, lo que no tienen son los medios para llevarlo a cabo de manera regular como lo hace el ejército hebreo.
Es obvio cualquier conflicto que se dispara en la opinión pública genera un toma de posturas y despierta mucha bronca e impotencia de varios bandos. Ha habido muchas reacciones antisemitas, de una lógica fácil y estúpida. En estos días he escuchado cosas como “los judíos son unos asesinos” y hasta “si Hitler los hubiera matado a todos, hoy estos no matarían a nadie”.
Ser judío nada tiene que ver con un Estado genocida como Israel. No podemos meter a todos los judíos en la misma bolsa. Es sabido que la mayoría de los israelíes y judíos del mundo apoyan esta masacre, pero NO TODOS. Ser israelí no significa que todos los habitantes de su país estén de acuerdo con esta limpieza étnica que se está librando en
Gaza, incluso hay una minoría que pone “el grito en el cielo” y que es reprimida por sus gobernantes e ignorada por los medios locales. Es por eso que hay que romper con esas reacciones sintomáticas que homologan a las personas ya sea por raza, religión o Nación.
Hay una minoría judía que quiere realmente la paz. Esa minoría sabe que esta matanza va a generar en los palestinos más rencor, odio y violencia. Son esos pocos judíos que denuncian día a día la lucha por la supervivencia que tienen que librar los habitantes de Gaza, ahora agudizada por los ataques, son esos que critican la construcción de asentamientos en Cisjordania, los que saben que un país que fabrica armas como Israel nunca va a querer paz porque la guerra es un negocio, los que no olvidaron que la anteúltima matanza masiva de palestinos en Gaza fue en marzo de 2007, los que saben que son pibes los ejecutores de una masacre preparada desde un escritorio por sus gobernantes, los que saben que militarmente este conflicto se terminará únicamente con el exterminio de alguna de las partes, los que saben que la partición de la ONU en 1947 les dio las tierras productivas a Israel y no a los palestinos, los que, como Ilan Pappe, proponen un estado único y laico respetando las culturas árabes y judías, los que, como León Rozitchner, saben que al pueblo judío fue Europa el que los persiguió por siglos, el que con todo el poder del nazismo -ante la amenaza de expansión del comunismo ruso con fuerte presencia judía- los exterminó en la 2ªGM, y que, luego, con la creación del estado de Israel, olvidaron de acusar a los perpetradores del holocausto y les permutaron un enemigo verdadero por uno falso: los europeos (no sólo los nazis alemanes) por los palestinos. Son esos judíos sobrevivientes de una limpieza étnica los que denuncian hoy otra limpieza étnica perpetrada en su nombre. No son todos iguales.
Por otro lado, los defensores de las masacres del Estado de Israel, ante la mínima crítica a sus decisiones militares, políticas, y más aún, cuando se pone en duda las bases de la creación del Estado de Israel, también reaccionan de forma sintomática diciendo que los que condenan a Israel son antisemitas. Defender la causa palestina no es ser antisemita.
Esta cuestión tiene que ver mucho más que ver que una mera cuestión religiosa, cultural, o estar a favor del bien o del mal. Todos somos humanos y mientras estemos dominados por el dinero y por Estados que deciden por el pueblo, que castigan y censuran a los que no son fieles adeptos y cómplices de sus políticas de exclusión, nunca podremos ser libres.
Lo que pasa hoy en Gaza es mucho más complejo que una simple caracterización de árabe-terrorista y judío-genocida. Es ponerse en el lugar del otro y comprender la historia de cada uno. Tanto palestinos como israelíes se jactan de ser legítimos habitantes del suelo en disputa, y ambos tienen derecho a vivir, pero en paz. Y la paz no llegará por las armas, sólo se obtendrá repartiendo las tierras productivas en 2 y compartiendo Jerusalén. O sino llegará el día en que no haya un modo de producción donde el hombre siga dominando y matando al hombre.

domingo, 4 de enero de 2009

Protección de los derechos del niño y responsabilidad penal juvenil, dos normas inútiles

“A pesar de los motines, los encierres en el buzón y de ser testigo de torturas, lo peor que sufrí, lo que más me dolió fue el abandono de mi vieja.” Gisela habla con lágrimas en los ojos, desde los 6 hasta los 21años estuvo encerrada en varios Institutos de Menores. Su primer delito fue haber nacido en una familia pobre y que su madre la abandonara. Aquellos por los que la volvieron a encerrar en un instituto fueron las drogas y un robo a mano armada.
“Entrar a un Instituto de Menores es difícil, salvo que seas un pibe menor de 18 años, pobre y morocho” ironiza la abogada María del Carmen Verdú de la Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI).
En el país hay más de 20 mil menores de edad privados de libertad. El 85 por ciento está preso por causas asistenciales. El Estado ha puesto bajo régimen de encierro a chicos que han sido abandonados, abusados o maltratados. El 15 por ciento restante ha cometido delitos, pero una leve minoría de ellos son graves.
No sólo se mantiene encerrado a un 85 por ciento de niños inocentes sino que ello contribuye a su formación delictiva. El periodista Roberto Arlt en 1932 calificó a los institutos de menores como “escuelas de la delincuencia”. Uno de los últimos informes presentados por UNICEF así lo ratifica: “Los institutos y reformatorios, además de violar los derechos del niño son verdaderas escuelas de delincuentes”. Las estadísticas también lo confirman: el 80 por ciento de los mayores de edad presos bajo el Servicio Penitenciario Federal han pasado por institutos de menores.
Horacio Cecchi, periodista de Página 12 y profesor de la carrera de Comunicación de la UBA, ha hecho varias investigaciones sobre el tema y asegura que el camino para la criminalizar la pobreza es siempre el mismo: “El primer paso para que los menores caigan en situaciones penales es que queden incorporados en institutos. Así el pobre inocente se rodea de los modos y jergas del delito, y cuando sale empieza a delinquir de verdad”. “Se mezcla a chicos que están por carencias socio-económicas con abusadores y asesinos. En la tumba, como lo llaman ellos, es así: o te adaptas o te cojen.”, se horroriza Fabián Gaitán, que es asistente social y tiene a su cargo un hogar en el barrio de Once.
Adriana Pereyra es la directora general de Niñez, Adolescencia y Familia del partido de Moreno. Hace muchos años que trabaja con menores que padecen problemas sociales y penales y su dependencia, una de las pertenecientes al Ministerio de Desarrollo Social y Humano de Moreno, ejecuta las órdenes de las nuevas leyes penales de minoridad.
Pereyra trabaja con los jóvenes en el trato directo y coincide con Verdú, Cecchi y Gaitán en que se judicializa la pobreza: “Los chicos que tienen mayor problemas con el delito provienen de familias con dos generaciones pasadas de complicaciones con las leyes y puede que haya hasta tres generaciones sin trabajo en su familia.”
“Criándote en un instituto es muy difícil salir y no ser delincuente o drogadicto. ¿Cómo haces? Crecés rodeado de peleas, maltratos, abandonos, abusos. Yo no me acuerdo cuando perdí la inocencia, pero cuando entré a un Instituto mi vida fue otra.”, se lamenta Gisela.
Mucho antes de que al gobernador de Buenos Aires se le ocurriera presentar un plan para bajar la edad de imputabilidad del delito, la Provincia de Buenos Aires impulsó dos normas para que los menores que hasta ahora arbitrariamente se los consideraba culpables por decisión de un juez, tengan un proceso penal.
El martes 30 de septiembre del año pasado se estableció la Ley de Responsabilidad Penal Juvenil que obliga, desde la fecha, “a que los menores de 18 años que entren en conflicto con la ley penal tengan todas las garantías procesales” como sucedía hasta ahora, con los adultos. Este fuero nació a partir de la Ley de Protección Integral de los Derechos del Niño y el Adolescente”, que derogó el Decreto Ley 10.067 dictado en 1983 por la dictadura militar. Este dice que el juez no podrá resolver en soledad el destino del niño o adolescente y que ahora habrá una parte acusatoria, un defensor oficial y, básicamente, tendrá el derecho a saber de qué se lo está acusando y a defenderse de la imputación.
En la Ciudad de Buenos Aires sigue rigiendo el viejo sistema. Ambas leyes sólo rigen en la Provincia de Buenos Aires; o deberían regir.
Desde la perspectiva de Pereyra, la nueva ley se encamina a descriminalizar la pobreza: “Obliga a que las medidas tomadas sean renovadas cada 30 días. Y esto garantiza que se siga trabajando con el chico. No es que lo pusiste en un hogar y te olvidaste.”
Sin embargo, a fines del mes pasado un juez de La Plata, Luis Federico Arias, hizo lugar a un pedido de hábeas corpus presentado por la Defensoría Oficial de Responsabilidad Penal Juvenil número 16, a cargo de Julián Axat. El mismo resolvía “prohibir a la policía bonaerense detener a menores por contravenciones o averiguación de antecedentes”. Estas aprehensiones estaban prohibidas desde la ley de Protección pero siguió funcionando el viejo decreto militar.
Para Verdú este hecho demuestra que la Justicia no es equitativa: “Los policías que privaron de libertad a todos esos menores tendrían que estar presos y no lo están.”; y que la ley no se cumple: “El nuevo régimen penal de la minoridad desde el punto de vista discursivo es muy superior a la ley de patronato, pero en la práctica pasa lo mismo que con la vieja”. Cecchi se manifiesta en la misma línea: “La ley de protección de los derechos del niño es una de las más avanzadas que hay, pero las instituciones dependientes del Estado tendrían que aplicarlas y el Poder Ejecutivo debería destinar los fondos necesarios para su cumplimiento y no a patrulleros para detener más chicos.”
“Acá en Moreno está funcionando. En este poco tiempo ya estamos trabajando con más de veinte chicos que hubieran terminado en Institutos.”, se justifica Pereyra.
Gaitán piensa que todo sigue igual que antes: “No cambió nada, los pibes que tienen problemas con la ley penal siguen yendo a Institutos. El tema es evitar que eso suceda y no se puede porque la línea es muy delgada.”
El objetivo que dicen tener los institutos es brindar las herramientas necesarias para que esos menores se reinserten en la sociedad, pero las celdas suelen tener poca luz, poca ventilación, muchas veces camastros de cemento sin almohadas y hasta en algunos casos un tacho de pintura que hacía de inodoro.
En la CORREPI aseguran que el Estado es siempre responsable: “Se dice que van a la escuela, que les dan talleres, que hacen terapia ocupacional. Existen esos tratamientos pero por una obligación burocrática. En la práctica nos sirve para nada.”. “En los institutos no se trabaja para reinsertarlos en la sociedad. Encerrar no es educar. Estamos mal desde el vamos.”, sentencia Cecchi.
Pobreza, marginalidad, menores y delincuencia son características propias de los Institutos de Menores. Gisela teme por el futuro de sus dos hijos, uno de ellos engendrado en el “Inchausti”: “Lo que me pone mal es que hoy sigo siendo pobre y no sé que les podrá pasar a mis hijos si todo sigue así”.
Gaitán sostiene que ante la inutilidad de las nueva ley y con una marginalidad que cada vez golpea con más dureza a medida que se incrementa el consumo, sólo ve dos alternativas: “O justicia social, cambio profundo en el modelo de la distribución, trabajo, educación, acceso a la cultura; o el plan de la derecha: eliminemos a los negros villeros pobres”.
Pereyra, sin embargo, piensa el cambio desde la protección estatal: “Si no creyera que desde nuestro lugar podemos cambiar las cosas, me quedaría en mi casa. Con la nueva ley de protección vamos por el buen camino.”
Por su parte, Verdú desconfía de que el cambio llegue por la modificación de las normas: “En el actual estado, las cosas, solamente pueden ocurrir de esta manera. Por eso descreemos de cualquier tipo de propuesta reformista porque termina siendo puro maquillaje. Consideramos que todo aparato normativo de un Estado montado sobre una sociedad dividida en clases es un aparato de opresión. La única alternativa de que las cosas funcionen de otra forma es que vivamos de otra manera. El capitalismo deja fuera del sistema y encierra a una gran parte de los pobres. Así no hay futuro para los menores pobres.”

Navidad proletaria

El 24 de diciembre es una fecha, la cual para algunos es una experiencia religiosa y para otros un día más del año. Si para mí había dejado de ser un día emblemático, éste, después de un día cansador de trabajo en una juguetería, lo era mucho menos. Lo único que me importaba era llegar a Fiorito a lo de mi tío Osvaldo que había cocinado un lechón que llegado el momento devoré primero y degusté luego. Pero ese momento se haría esperar.
Dos horas después de lo acordado a la dueña del comercio se le ocurrió cerrar las puertas. No sólo no se conformó poniendo las rejas a las ocho sino que luego nos llevó a todos sus empleados a “hacer un brindis rápido y simbólico” en una heladería de al lado. ¿Para qué? Si ella es judía. No era cuestión de religión sino de clase: tenía que demostrar ante su vecino burgués que sus empleados brindaban por su progreso.
Tarde llegué a mi casa. Mi hermano no me puteó tanto como esperaba. Ducha rápida, pilcha medio máscara y fuera de casa a patear, como buen laburante, las veredas de esta metrópoli. El 44 no tardó tanto. Nueve y media estábamos en Pompeya. No era tan mal horario; después de todo, en un día normal, el 179 cartel 1 nos llevaba en 35 minutos. Pero lo que para mí era un día normal, no lo era para los que manejan muchas cosas de esta ciudad.
Un colectivero de origen paraguayo esperaba el 70 en la misma parada que nosotros. Con una lata de Quilmes en la mano nos decía que había dejado de ser alcohólico y que esta sociedad estaba podrida por la droga. “Hace mal”, decía con voz de abuelo consejero. Antes de que el verde 70 lo trague para llevarlo a nosédonde los labios de mi hermano escupieron una respuesta a su consejo: “La droga, el alcohol hacen mal, pero peor hace no pensar”.
La hora pasaba y el 179 no daba rastros de vida. Mi celular había quedado bajo los pisotones de las 50mil personas que en San Pedro vieron tocar a La Renga unos días atrás y mi hermano tampoco posee ese aparato que hoy resulta casi imprescindible; y mucho más si es 24 de diciembre a las diez de la noche en un barrio bajo como Pompeya. El primer teléfono público que ubicamos no funcionaba, el segundo, sólo con tarjetas (¿todavía se venden de esas?), recién el tercero nos pudo comunicar con nuestra madre para avisarle que llegaríamos más tarde.
Así como pasaban los minutos, pasaban los personajes que se transformaban en protagonistas de nuestra nochebuena: un señor de rasgos indígenas ebrio trastabillándose con las baldosas rotas de la vereda y rebotando constantemente contra la pared que hacía de sostén para que no cayera; un desangelado (linyera dirían muchos) que sin dirección marchaba por la Avenida Saenz con su único botín que era una bolsa con vaya uno a saber que tesoro dentro; otros dos jóvenes pidiendo fuego para “fumar lata” sorprendidos de que no nos espantásemos de su terrible condena; y así otros.
Los Redondos, Arbolito, La Renga y Sumo sonaban en el mp3, el cual nos turnábamos para escuchar. Eso y la tranquilidad de sentir a esta fiesta capitalista como un día más, no nos hizo perder la calma.
En eso decidimos ir en busca de otra alternativa que no sea el 179. Ya no importaba cual sea. Los taxis no querían ir a provincia, y mucho menos a Fiorito donde la pobreza es cotidiana. Hoy en día para la clase media pobre es sinónimo de peligro.
Dos uniformados azules hacían nada en la puerta de un kiosco mientras otro joven de veintipico de años, vestido con joggins de algodón y remera pintada por las veredas del sur porteño pasaba por el medio de Saenz al trote, gritando y agitando sus manos: “Gato, a mí no me vas a bardear.” Tras él, un hombre que rondaba los cuarenta, con el rostro rígido como un mármol, lo perseguía a ritmo lento pero con la seguridad y firmeza de que en algún momento lo alcanzaría. Pasaron una, dos y tres veces en círculo por delante de la policía. Ninguno de los “ejecutores de la ley” hizo nada hasta que se dieron cuenta de que todos los que esperábamos un bondi los estábamos mirando. Ahí uno se acercó al que gritaba y con macana en mano le dijo: “Dejá de hacer quilombo! Tomatela!” El perseguidor ni se inmutó ante los blue, y cuando le preguntaron si se conocían afirmó con un movimiento de cabeza. ¿Para qué averiguar más? ¿Qué más les daba a ellos? No había peligro de que la propiedad de nadie sea afectada. Ellos están “al servicio de la comunidad”, y estas dos personas hace rato parecían estar lejos de esa comunidad a la que la policía y el Estado defienden.
Antes de darnos cuenta estábamos arriba del 177. Por lo menos cruzaba el Riachuelo -que imagino alguna vez tuvo otro nombre menos despectivo- y nos acercaba unas 30 cuadras, aunque faltaba ver cómo haríamos para hacer las otras 40 cuando faltaban 45 minutos para que mucha gente choque sus copas y brinde por el nacimiento de Jesús, por la llegada de Papá Noel, o simplemente lo haga sin saber por qué, pero lo haga al fin.
La avenida San Martín del partido de Lanús era un desierto suburbano. Con el hambre haciendo ruido en nuestras panzas nos pusimos a caminar. A la cuadra, dos muchachos con vaso en mano en la puerta de una de las casas lindantes con la avenida, nos informaban que no había ningún teléfono cerca. Después de trescientos metros caminados decidimos confiar en la solidaridad de la gente y pusimos nuestros dedos gordos a disposición de algún coche del sur bonaerense “que nos dé un tirón”. Por varias cuadras nuestros pulgares padecieron la ignorancia de algunos conductores y varias caras de “si viviera en otro lado te llevo dedo”.
Por un momento pensamos que la única forma de llegar sería a pie… pero apareció él. Si hubo un Mesías esa noche fue Oscar.
Un colectivo se divisaba a lo lejos. Exagerando, dijimos: “estamos salvados”. Esas esperanzas se derrumbaron al darnos cuenta que tenía las luces apagadas, que estaba fuera de servicio y que era el 102. ¿Qué hacía un 102 en Lanús? Como queríamos sacarnos esa duda pusimos el dedo, seguido de una súplica y la masa de hierro frenó.
“Chicos: yo voy por esta derecho, si quieren los llevo” sugirió. Arriba! Oscar maneja el interno 46, pero esa noche tripulaba el cientonosécuanto. Su cuñada que era la que lo pasaría a buscar cerca de las diez por la terminal de La Boca del 102, pero ella estaba en la comisaría haciendo una denuncia porque su marido le hinchó un ojo de un derechazo. Como le había tocado guardia por la madrugada de navidad tenía que regresar a las 2 de la madrugada para volver a trabajar (mientras –seguro- el dueño de la empresa se tomaba un llampú con su familia), por lo tanto pidió el interno cientonomeacuerdo para ir a Caraza a brindar con sus pares.
Era increíble que nuestro arribo a la casa del tío se decidiera por una piña en un ojo seguida de un acto solidario. Aunque pensándolo bien no lo era tanto: bajo estas circunstancias de vida, a un proletario sólo lo puede ayudar otro proletario.
Y ese momento al fin llegó. Doce menos diez llegamos a Fiorito. El chanchito estaba divino. Devoré primero, degusté después. Salute!