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martes, 15 de diciembre de 2009

José

“Tengo 130 sables arrumbados en el cuartel de Granaderos a Caballo, por falta de brazos que los empuñen…” dijo el general. Llegaron muchos más. Hasta quedaron brazos sin sables. Así partió el general y liberó a los territorios que luego serían Argentina, Chile y Perú. Ni siquiera había imaginado aquellos nombres para lo que creía su patria. Imaginaba algo mucho más grande. “No hay revolución sin revolucionarios. Los revolucionarios de todo el mundo somos hermanos” dijo. Luego de liberar bastos territorios de las garras coloniales españolas, llegaron sables y armas a montones. Esos sables ya no estaban arrumbados sino en manos de enemigos –ahora sí- nacionales. En Francia, casi en el olvido, sintió la fatiga de la muerte.

* Foto de Paula Ferro

martes, 18 de agosto de 2009

Homenaje a San Martín. Memorias del Fuego de Eduardo Galeano

1822
Guayaquil
San Martín
Encuentro en Guayaquil. Entre el mar Caribe y el océano Pacífico, se abre un camino de arcos de triunfo: el general Bolívar acude desde el norte. Viene desde el sur José de San Martín, el general que atravesó la cordillera de los Andes en busca de la libertad de Chile y de Perú.Bolívar habla, ofrece.
-Estoy cansado -corta, lacónico, San Martín. Bolívar no le cree; o quizás desconfía, porque todavía no sabe que también la gloria cansa.
San Martín lleva treinta años de batallas, desde Orán hasta Maipú. Por España peleó el soldado y por América el curtido general. Por América, y nunca contra ella: cuando el gobierno de Buenos Aires le mandó aplastar las huestes federales de Artigas, San Martín desobedeció y lanzó su ejército a las montañas, para continuar su campaña por la independencia de Chile. Buenos Aires, que no perdona, le niega ahora el pan y la sal. En Lima tampoco lo quieren. Lo llaman el rey José.
Desencuentro en Guayaquil. San Martín, gran jugador de ajedrez, evita la partida.
-Estoy cansado de mandar -dice, pero Bolívar escucha otras palabras: Usted o yo. Juntos, no cabemos.
Después, hay banquete y baile. Baila Bolívar en el centro del salón, disputado por las damas.
A San Martín lo aturde el ruido. Pasada la medianoche, sin decir adiós se marcha hacia los muelles. El equipaje ya está en el bergantín.
Da la orden de zarpar. Se pasea en cubierta, a pasos lentos, acompañado por su perro y perseguido por los mosquitos. El barco se desprende de la costa y San Martín se vuelve a contemplar la tierra de América que se aleja, se aleja.